La selva oscura de Silvio Báez

Santiago Molina

La estrategia del diablo es hacernos creer que no existe.
Charles Baudelaire

Aún consternados por los audios de Silvio Báez, hemos creído encontrar en sus declaraciones, no simples postulados dichos al azar, sino implicaciones mayores que condensan conflictos que aceleran el proceso de fragmentación de la sociedad de hoy, un mundo que se aleja cada vez más de sus principios basados en la idea de igualdad.

En el discurso de Báez está ausente esa infinidad que hace único al ser humano, en sus palabras discurre un punto de vista finito que clausura cualquier oportunidad de felicidad futura. Es la postura de un nihilista, que apostó por el golpe de estado y la destrucción de toda una economía en sólido estado.

Walter Benjamin en su Tesis de la Historia, lo definía así: “el objetivo de la política es la felicidad, cualquier otro objetivo es puro nihilismo”. El método de la reinstalación de los tranques de la muerte, confirma esta infeliz postura destructiva, valiéndose siempre del ámbito religioso donde –él lo sabe- se almacenan tantos afectos y miedos de nuestra civilización: que los vándalos se vuelvan de pronto “monaguillos”, es ejemplo de esta mascarada que los golpistas quisieron imponer a la feligresía nicaragüense. No es extraño entonces escuchar en boca de Báez “todo lo mezclo con la Biblia”. Nada nuevo. Es la vieja partida de ajedrez de la Tesis I de Benjamin entre el enano y el muñeco, es decir, entre la política y la religión.

Báez trata de manipular al feo enano para que el muñeco gane la partida. Mientras sea así, no habrá nada que remedie las injusticias de la Historia. Una visión religiosa que no sea consecuente con los valores que la humanidad necesita de manera urgente en estos momentos, como la solidaridad ante un mundo que se disuelve en particularismos, en refugiados que deambulan en busca de un país que los acoja, contradice el mensaje cristiano más elemental: el amor al prójimo; contradiciendo, también, los mensajes del Papa Francisco en su visión de la actualidad mundial: “Si no confesamos a Jesucristo, nos convertiremos en una ONG piadosa, pero no en Iglesia” (ONG piadosas como las iglesias ocupadas por torturadores en León, Diriamba y Masaya).

Báez vivió en Italia pero no parece haber leído Si esto es un hombre, del sobreviviente de Auschwitz Primo Levi. Víctima y testigo de la mayor de las barbaries, que nos interpela también para entender nuestras propias barbaries, igual a la desatada por la derecha golpista el 18 de abril pasado.

Existe una sola palabra para nombrar lo que llevó a la muerte a tantos seres humanos durante La Segunda Guerra Mundial: la diferencia, esa política identitaria que pretende excluirnos de nuestra permanencia comunitaria, y es a partir de este esquema discriminatorio que el Señor Báez divide en su audio a la sociedad nicaragüense en categorías, en subconjuntos humanos que él podría manipular a su antojo, haciéndolos desfilar, como si se tratasen de esqueletos de José Guadalupe Posada, en marcha fúnebre: abortistas, oportunistas, terroristas, marginados, narcotraficantes, homosexuales, lesbianas.

Es decir, se refugia tristemente en lo que podríamos llamar una “inversión mercantil de lo humano” para alcanzar sus propósitos golpistas: la cuenta final, o la solución final sería el exterminio del Otro, sin importar el número de víctimas.

No estamos lejos del ideal de Ernst Jünger (1895-1998), que veía en el fenómeno de la “movilización total” hacia la guerra, que impulsada por la “gran Iglesia del progreso”, lograría el triunfo de la “voluntad de potencia” sobre los escombros del enemigo. Para Slavoj Zizek, “lo único Absoluto aceptable dentro de este horizonte es lo Absoluto negativo: el Mal absoluto, cuya figura paradigmática es hoy la del Holocausto. La evocación del Holocausto sirve como advertencia del cuál es el resultado extremo de la sumisión de la Vida a algún Objetivo superior”.

Por otra parte, Alain Badiou piensa que “esos enunciados minoritarios son propiamente bárbaros. Un proceso de verdad -continua diciendo- no puede anclar en lo identitario”. El filósofo recurre al ejemplo de San Pablo, citando su epístola a los Gálatas 3-28 donde proclamaba, “Ya no hay ni judío ni griego, no hay ni esclavo ni libre, ya no hay ni hombre ni mujer.

Todos iguales en Jesucristo, que ha resucitado para ello”. La sociedad justa que Pablo de Tarso deseaba fundar, es la misma sociedad que el día de hoy espera ser fundada en base a una singularidad universal no relacionada con particularismos de una cultura o de una etnia. Las identidades cerradas no deberían existir, superarlas es volver a las enseñanzas del fundador del cristianismo, que siguen vigentes.

“La inversión de vidas humanas” que el católico Báez necesita para llevar a cabo su “solución final”, no escapó al análisis de Walter Benjamin en su conocido ensayo El capitalismo como religión, que desde el punto de vista de Giorgio Agamben, nos mantiene relegados en la esfera del consumo, pues todos somos modelos de una mercancía, “el capitalismo inviste cada cosa, cada lugar, cada actividad humana para dividirla de sí misma”.

Al dividirnos, todos los nicaragüenses somos para Báez deudores /culpables de una cuenta que no se salda nunca, culpabilización universal que se paga con la expiación de la muerte. El capital debe generar víctimas para pagar la deuda global, es lo que hace del capitalismo una forma de nihilismo, praxis que Báez asume en la totalidad de su pensamiento.

Por eso no está conforme con la fracasada “estrategia de lucha” de su creada Alianza Cívica, “sopa de letras” que debe reconfigurar poniendo a prueba su “capacidad organizativa” de “gran líder” (paulino-leninista, diría irónicamente Slavoj Zizek), acicalándola para que parezca tan hiperreal como la lata de sopa Campbell que pintara Andy Warhol.

En su audio macabro enuncia el fusilamiento del presidente Ortega, pero al mismo tiempo es falso piadoso, deja espacio a la tregua, dueño de la situación nos recuerda al Significante Amo del Psicoanalista Jacques Lacan, para quien el Mandato: ¡No matarás!, es la oposición entre la ley simbólica y la llamada obscena del superyó en su expresión más decidida: todas las negaciones son impotentes y quedan en meras denegaciones, el resto es la palpitación incontrolable de ¡Debes matar y matar! Palpitación inacabable que suena como el corazón delator del cuento de Poe.

Un grupo de damas burguesas difunden en las redes sociales los logros académicos de Báez. Carlos Fernando Chamorro lo defiende y atrae a su regazo de oligarca. Por ninguna parte vemos una obra publicada que nos intrigue: sus exégesis bíblicas se reducen a vaticinar sanciones del imperio.

Hablar varios idiomas no es signo de superioridad. Nada nuevo puede haber bajo el sol luego de esa “recompensa de Dios” como lo es Después de Babel, de George Steiner. Verdadero hermeneuta de la lucidez que busca restituir con el lenguaje la caída del Hombre, para quien las palabras pueden ser homicidas, como en el caso de Hitler: “la lengua del gran odio es un arma más poderosa que todas las demás”. Lengua del gran odio con la que Báez intenta destruir al pueblo nicaragüense.

“Este país es una selva”, dice l’ultimo illuminato, que nos ve con el ojo despreciativo del primer Conquistador llegado. Selva en la que el mismo se ha extraviado, como escribe Dante Alighieri en Infierno, canto I: “A mitad del camino de la vida, /en una selva oscura me encontraba / porque mi ruta había extraviado”. Pero Báez en su descenso no tendrá a un poeta Virgilio que lo acompañe, sino a un vándalo guiándolo a través de los tranques del Infierno.

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