La guerra: así en el cielo como en la tierra

 

Juan Manuel Olarieta | mpr21.info

* En Japón, donde el guerrerismo está renaciendo de la mano de la primera ministra Sanae Takaichi, existe un santuario donde veneran las “almas” de sus combatientes caídos, incluidos 14 de los peores criminales de guerra.

El santuario Yasukuni, ubicado en Tokio, es lo más parecido que existe en el mundo al “Valle de los Caídos”. Es una mezcla típica de fascismo y feudalismo, religioso y guerrero a partes iguales. Rinde tributo a los dioses tanto como a los guerreros que luchan en su nombre.

Lo que distingue a Yasukuni de otros santuarios sintoístas de Japón es que no está dedicado a las deidades habituales, sino a los “espíritus” de quienes desde 1853 murieron luchando por el emperador que, a diferencia de Cuelgamuros, son muchos, alrededor de 2,5 millones de “almas”, incluyendo a 14 criminales de guerra de primera clase de la Segunda Guerra Mundial, a los que desde 1978 se rinde culto en el mausoleo.

En otras palabras, la diferencia es que en España veneramos al cuerpo y en Japón al alma. Pero como el alma es intangible, el santuario incluye un museo militar con numerosos vehículos de guerra, tanques y armas. De esa manera, las armas de guerra materializan los espíritus sintoístas.

El santuario se inauguró a mediados del siglo XIX, cuando las cañoneras británicas abrieron los puertos de Japón al comercio por la fuerza. Fue un trauma histórico. Japón se abrió al mercado mundial y, a cambio, rindió homenaje a quienes -inútilmente- se habían opuesto a ello. A los que fracasaron en una defensa numantina de su suelo se les unieron luego los que murieron peleando en suelo ajeno: en Rusia, en Corea, en China, en Filipinas…

Cada vez que el monumento recibe la visita de los ministros o de altos cargos políticos japoneses, los vecinos asiáticos protestan. La primera ministra Sanae Takaichi visitó el santuario el año pasado, antes de llegar al cargo y dijo a los periodistas: “Honrar a los espíritus de quienes dedicaron sus vidas a su país es algo que cada individuo debe hacer de acuerdo con su propia conciencia”.

Quizá por eso Takaichi ha impulsado el giro estratégico de Japón hacia el rearme y el militarismo. Hay que volver al espíriru de Yasukuni y, aunque no se puedan resucitar los cuerpos, sí se pueden resucitar las armas (además de las almas), por más que la Constitución lo prohíba. Las normas legales se escriben para los vivos, no para los muertos.

Los japoneses argumentan que no tienen que soportar la culpa de sus ancestros. Por lo tanto, si creyeron que los sintoístas rendían culto a los antepasados, se equivocan; depende. A veces también tienen que desprenderse de peso de sus culpas (por más que los ancestros sean venerados como los dioses).

Las agencias turísticas organizan visitas a Yasukuni, en los que -si uno no es asiático- puede hacerse una foto como si estuviera en la Plaza de San Pedro de Roma. Si allí vive el Papa, en Tokio está el “guji”, el sacerdote mayor de Yasukuni, que venera a los criminales de guerra como si fueran dioses.

A veces los turistas coinciden con los fascistas japoneses, que rinden pleitesía a sus héroes con estandartes de guerra.