
Theran Times
* De intentar cambiar un régimen a la urgente reparación de inodoros. La ironía es innegable. Trump declaró en su momento que «la ayuda estaba en camino» en respuesta a los disturbios en Irán, presentándose como el poderoso líder que acudiría al rescate de los manifestantes. Ahora, esas mismas palabras se han vuelto en su contra, justo cuando el USS Abraham Lincoln necesita ayuda.
Teherán.- Un reciente informe publicado por el New York Post, con el titular «Llega la ayuda a Lincoln», deja al descubierto, sin quererlo, la profunda ironía, la hipocresía moral y el fracaso estratégico que definen la agresiva política exterior de Washington hacia Irán.
Cuando el presidente Donald Trump intentó aprovechar el descontento respaldado por potencias extranjeras en Irán a principios de enero, prometió con arrogancia a los agitadores antigubernamentales que «la ayuda estaba en camino», una retórica que finalmente se materializó en una brutal campaña de ataques aéreos estadounidenses e israelíes contra civiles iraníes, mujeres, niños e infraestructura nacional vital.
La promesa de «ayuda» de Trump nunca fue un mero apoyo retórico a los manifestantes iraníes; formaba parte de una agenda abiertamente intervencionista destinada a desestabilizar Irán y, en última instancia, provocar un cambio de régimen, una estrategia que desde entonces ha puesto de manifiesto los límites de la capacidad de Washington para imponer su voluntad en Irán.
Hoy, en un giro extraordinario del destino histórico, los principales medios de comunicación estadounidenses se ven obligados a reciclar las palabras exactas de Trump para describir un esfuerzo desesperado de ayuda de emergencia para las decadentes fuerzas navales de Estados Unidos.
Flotando en la sofocante inmensidad del norte del mar Arábigo durante más de 250 días —incluido un período sin precedentes de más de 200 días consecutivos en alta mar sin una sola escala en puerto—, el superportaaviones USS Abraham Lincoln se ha transformado de un instrumento de coerción global en un monumento flotante al exceso de poderío estadounidense.
Los relatos filtrados de militares, familias angustiadas y medios de comunicación militares independientes, pintan un panorama desgarrador de sufrimiento humano y deterioro estructural a bordo del buque. Más de 5,000 tripulantes han sido sometidos a un severo racionamiento de alimentos básicos, alojamientos infestados de moho, tuberías rotas y agua potable contaminada.
Esta degradación física se ve agravada por un ritmo operativo inmanejable. Sometidos a interminables turnos de 12 a 16 horas sin descanso, la tripulación ha superado con creces los límites de la resistencia humana. La tensión psicológica derivada del aislamiento prolongado y el trabajo extenuante en condiciones hostiles, ha desencadenado una grave crisis de salud mental a bordo.
Incidentes confirmados de marineros que intentan saltar por la borda y una creciente ola de intentos de suicidio, son indicadores alarmantes de que la postura de confrontación continua de Washington está destruyendo al personal encargado de ejecutar su estrategia imperial.
En lugar de afrontar las causas profundas de este colapso sistémico, la cúpula del Pentágono ha respondido con negación burocrática y control de daños en materia de relaciones públicas. El secretario de Guerra, Pete Hegseth, desestimó públicamente los informes espeluznantes, alegando que las condiciones a bordo de los buques habían sido completamente tergiversadas, mientras que el Comando Central de EE. UU. difundió gráficos en redes sociales intentando presentar la crisis de salud mental como propaganda falsa. Sin embargo, esta obstrucción oficial ha servido de poco para frenar el creciente pánico político en el Congreso.
El desastre humanitario a bordo del portaaviones ha desatado una intensa fricción política en Washington. Los informes de los marineros y sus familias describen inodoros rotos y otros problemas de plomería a bordo del Lincoln, lo que llevó al senador Richard Blumenthal a exigir respuestas sobre la habitabilidad del buque y las medidas correctivas adoptadas.
Blumenthal envió una carta contundente exigiendo una rendición de cuentas formal sobre la grave escasez de suministros y los indicadores de salud mental a Hegseth y al secretario interino de la Marina, Hung Cao. La indignación alcanzó su punto álgido cuando el líder de la minoría en el Senado, Chuck Schumer, pidió públicamente el despido de Hegseth, citando la crisis a bordo como prueba irrefutable de incompetencia estratégica.
Simultáneamente, el veterano de combate, el senador Ruben Gallego, instó a una investigación bipartidista inmediata del Congreso, advirtiendo que obligar al personal a trabajar en instalaciones en mal estado y turnos interminables compromete gravemente la seguridad operativa.
El fracaso estructural de la política estadounidense quedó plenamente patente con la orden de emergencia de reposicionar el USS George Washington fuera del Mar de China Meridional para reemplazar al exhausto Lincoln. Al retirar su último portaaviones del Pacífico, Estados Unidos ha expuesto, sin querer, las graves limitaciones operativas de su postura global. Los analistas de defensa señalan que la retirada de la potencia naval del Pacífico Occidental envía una señal inequívoca a las naciones de la región —como Filipinas, Japón e Indonesia— de que Washington ya no puede garantizar el dominio regional ni mantener una presencia militar en múltiples teatros de operaciones.
Además, esta constante reorganización genera una pesadilla logística cada vez mayor. La sobrecarga de trabajo de los grupos de ataque acelera el desgaste mecánico de los buques y retrasa los ciclos de mantenimiento esenciales.
Dado que Estados Unidos sufre graves cuellos de botella en los astilleros, con solo dos instalaciones capaces de operar portaaviones, este ciclo interminable de sobreesfuerzo amenaza la viabilidad operativa a largo plazo de toda la flota estadounidense, perjudicando el reclutamiento y la retención de personal y erosionando la capacidad operativa naval básica.
La agresiva campaña de Trump para imponer un bloqueo naval permanente y someter a Irán, no ha logrado más que demostrar los límites absolutos de la coerción imperial. A pesar de los ataques aéreos ilegales, las violaciones de un memorando de entendimiento firmado y la continua postura agresiva, las capacidades de defensa y la resiliencia estratégica de Irán han neutralizado por completo los planes de Washington. El cese de los ataques estadounidenses tras la contundente respuesta de Irán, demostró al mundo que la agresión militar estadounidense conlleva costos inmediatos e insostenibles.
La ironía es innegable. Trump declaró en su momento que «la ayuda estaba en camino» en respuesta a los disturbios en Irán, presentándose como el poderoso líder que acudiría al rescate de los manifestantes. Ahora, esas mismas palabras se han vuelto en su contra, justo cuando el USS Abraham Lincoln necesita ayuda. Lo que pretendía ser una demostración del poderío estadounidense se ha convertido en un símbolo de su extralimitación: un revés humillante que expone el fracaso de Trump en cumplir la promesa de dominio y convierte sus propias palabras en un recordatorio de una derrota costosa y profundamente vergonzosa.