El resurgir de los enemigos del comercio

«Si nos lo dicen hace cinco años o casi cinco meses nos hubiésemos reído por absurdo. Parece un disparate, pero uno real, y nos tenemos que ir acostumbrando». Cuando el sábado 18 de marzo terminó la reunión de los ministros de Finanzas del G-20 en la ciudad alemana de Baden-Baden varios tenían cara de necesitar un baño termal. Uno de los asistentes lo recordaba todavía con sorpresa. EEUU, el faro durante décadas, la voz que siempre ha defendido el libre comercio e impulsado la apertura económica como motor del cambio político, acababa de protagonizar un giro espectacular e inquietante. «El lenguaje histórico (el que usa tradicionalmente el G-20) no era pertinente, y lo que es pertinente es lo que hemos acordado como grupo: incrementar la contribución del comercio a nuestras economías», explicó el secretario de Comercio de EEUU, Steven Mnuchin.

El «lenguaje histórico» al que se refería es la esencia misma del G-20 y de las últimas décadas de prosperidad y entendimiento entre países: la condena explícita a «toda forma de proteccionismo».

Las cifras que manejan las grandes organizaciones (ONU, OMC, Banco mundial) y los especialistas no pueden ser más contundentes. La pobreza cae en todo el mundo, aumenta la esperanza de vida, la salud, disminuyen las guerras. Y buena parte de ello se debe a que, en la globalización, el comercio llega a todas partes. La tecnología y la caída de barreras permiten a regiones y continentes enteros participar en red voluntaria de intercambios. No es perfecta, ni es infalible y quedan muchos impedimentos que derribar y desequilibrios que corregir, pero el sistema ha tenido resultados increíbles.

Proteccionismo

El comercio siempre ha tenido enemigos y detractores. Cada cierto tiempo hay una oleada de críticas y movimientos contrarios. Siempre ha habido resistencia, sobre todo de países poco o nada democráticos, donde la apertura ponía en peligro el férreo control del estado. China es el ejemplo más claro. Pero tras años de presión sobre Pekín, de quejas por su hermetismo, por sus políticas monetarias, por la falta de reciprocidad, la última revolución antiliberal llega ahora de los lugares más insospechados. «La espada del proteccionismo pende sobre la recuperación global», advierte en uno de sus últimos informes el FMI.

«Ha habido un desacuerdo entre un país y el resto de los participantes», dijo en Baden-Baden el entonces ministro francés, Michel Sapin. «Ha habido momentos en que éramos seis contra uno», coincidía el fin de semana pasado Angela Merkel desde Sicilia, donde el G-7 recibió por primera vez a Donald Trump. En ambos casos el problema era el mismo. No se trata de una campaña electoral o de una estrategia concreta. La cosmovisión de la nueva administración estadounidense es diametralmente diferente. No veo el mundo como un lugar donde la cooperación lleve al progreso, sino como un tablero donde se disputa un juego de suma cero. Para que uno gane el resto deben perder. Y para ganar, vale casi todo.

Trump amenaza a las empresas que estudian la deslocalización. Presiona a las compañías y sus directivos con tuits que hunden sus cotizaciones. Arremete en público y en privado contra Alemania y su superávit comercial y reprende a los líderes mundiales en directo por morosos. Trump es el síntoma, el ejemplo más claro, pero no es el único. En Reino Unido, David Cameron logró un acuerdo por el que dos empleados, haciendo exactamente el mismo trabajo y cotizando igual, tendrían acceso a prestaciones diferentes en función de su país de origen. Y Theresa May, tras sucederlo, amenaza a las firmas británicas con gravarlas muchísimo más por emplear a trabajadores de fuera y no locales.

La respuesta desde París y Bruselas no es mucho más tranquilizadora. Emmanuel Macron tiene como una de sus propuestas estrella un programa con el nombre ‘Compre europeo’ que dejaría fuera de los concursos a empresas no comunitarias, y la responsable europea de Competencia, Margrethe Vestager, lo aplaude por «desplazar hacia el ámbito europeo la idea de antes de impulsar los productos nacionales». Todo desde el lugar que protege como nadie su agricultura y sus vacas y deja fuera a productores de países en desarrollo.

No es buen momento para el comercio, al menos para discutir y negociar sobre él. La negociación del TTIP entre la UE y EEUU está muerta. Trump no ha dicho la última palabra sobre el NAFTA (pasando de «ir a liquidarlo en tres días» a una renegociación). Y la Casa Blanca ha subido los aranceles a la importación de madera y a la de productos lácteos. Trudeau estudia represalias sobre el carbón. El acuerdo de libre comercio entre el Viejo Continente y Canadá estuvo a punto de ser frenado por la resistencia de una región belga. Y los tribunales de Justicia de Luxemburgo han tardado años en pronunciarse sobre los detalles del que Bruselas negocia con Singapur.

En su último informa anual, publicado este miércoles, la Organización Mundial del Comercio señala que sus 164 miembros introdujeron entre octubre de 2015 y octubre de 2016 una media de 15 medidas proteccionistas y que dañan el comercio al mes, un avance pues el ejercicio anterior habían sido 20. Desde el inicio de la crisis de 2008, 2,978 medidas contra el comercio se puesto en marcha en el mundo, pero de ellas 740 se han retirado.

Cambio de alianzas

Las cifras de la OCDE muestran que las exportaciones del G-20 en el primer trimestre de 2017 aumentaron un 3% respecto al último de 2016 y las importaciones se incrementaron un 4%, en ambos casos el avance más grande desde 2011. Pero lo que está en juego ahora puede tener efectos duraderos. No son batallas de divisas, como en el pasado. Es un cambio de paradigma o de alianzas. Hace apenas un año, el espíritu era el opuesto. LA UE se preparaba para una especie de guerra comercial con China, denunciando el ‘dumping’ y sus prácticas agresivas por el continente o en África. En cambio, el Gobierno de Pekín llegó esta semana a Bruselas como la gran esperanza para el comercio mundial y como aliada indispensable para mantener el acuerdo sobre el Cambio Climático.

Trump está forzando improvisaciones a marchas forzadas. La realidad la resumió el ministro alemán Sigmar Gabriel hace unos días en viaje oficial. «En estos tiempos en los que otros pivotan hacia aislacionismo y nacionalismo y tienen tendencia proteccionistas, China y Europa defienden un comercio abierto global y el multilateralismo». Pekín tiene al alcance de su mano el ansiado y polémico estatus de economía de mercado y el efecto a nivel mundial será extraordinario. Algo para lo que Europa no está ni mucho menos preparada.

Hace unos días lo destacaba Fitch: «la posibilidad de una escalada en el proteccionismo sigue siendo un riesgo clave para la economía mundial». Quizás sea el primero. «Dada la fuerza del sentimiento antiglobalización en las elecciones y el foco sobre la reducción de los déficits bilaterales», y sobre todo el que tiene con Alemania, «la posibilidad de un acercamiento unilateral y disruptivo sigue siendo un riesgo significativo».

Algo más preocupante que los efectos de una subida de tipos de interés de un cuarto de punto por parte de la Reserva Federal, que Draghi decide retirar las medidas de estímulo un mes antes o después o que los gobiernos toquen, al alza o la baja, los impuestos en un par de puntos porcentuales. La economía mundial se recupera débilmente de la pasada y catastrófica recesión. No sabemos aún por dónde llegará la siguiente. Pero mientras se trabaja en los mecanismos defensivos sólo hay una certeza: si los enemigos del comercio, desde derecha e izquierda, triunfan, el resultado será devastador.

Fuente: El Mundo

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