Cuba, el gigante Raúl y el payaso Trump

El General de Ejército Raúl Castro y el genocida y demente Donald Trump. La decencia y la dignidad siendo perseguidas por la inmoralidad y la perversión.

 

Fabrizio Casari

* La acusación contra Raúl, ministro de Defensa de Cuba en 1996, carece de sentido desde el punto de vista jurídico. Es una acusación completamente política, reflejo de un odio y una sed de venganza por no haber podido ni sabido derrotar casi 70 años de socialismo cubano a solo 90 millas de sus costas.

La presunta imputación del general cubano Raúl Castro y el envío del portaaviones de propulsión nuclear Nimitz al Caribe, son las dos piezas de la partida que Trump pretende jugar contra Cuba. La isla socialista quizá le parezca la única vía de escape ante la enésima humillación militar sufrida en el Golfo Pérsico y, en cualquier caso, constituye un gesto debido a la comunidad cubano-estadounidense de Florida.

Esta comunidad cuenta con nada menos que 11 diputados, una poderosa capacidad de presión financiera y una red de vínculos con la galaxia neonazi en todo Estados Unidos, que resultó muy útil en la votación que devolvió a Donald Trump a la Casa Blanca, pero que hoy aparece desorientada y decepcionada por el gobierno del desequilibrado mandatario.

La acusación contra Raúl, ministro de Defensa de Cuba en 1996, carece de sentido desde el punto de vista jurídico. Es una acusación completamente política, reflejo de un odio y una sed de venganza por no haber podido ni sabido derrotar casi 70 años de socialismo cubano a solo 90 millas de sus costas. Pero veamos específicamente a qué se refiere formalmente.

Estamos en febrero de 1996, durante la administración Clinton, cuando el lobby cubano-estadounidense de Miami se moviliza para impedir hipotéticos y poco probables alivios del bloqueo contra Cuba. Ordena a José Basulto, colaborador de la CIA y jefe de la organización Hermanos al Rescate, llegar con dos avionetas turísticas a las costas cubanas y montar un espectáculo propagandístico. Cuba, sin embargo, como cualquier país del mundo, advierte que no tolerará nuevas incursiones ilegítimas en su espacio aéreo.

Las advertencias llegan directamente tanto al gobierno estadounidense, responsable por jurisdicción de lo que ocurre en los aeropuertos de EE. UU., como a la Administración Federal de Aviación, encargada de otorgar las autorizaciones necesarias para las operaciones aeroportuarias. Las autoridades estadounidenses comprenden perfectamente la situación y piden a los propietarios de aeronaves privadas que renuncien a volar hacia el espacio aéreo cubano si no cuentan con autorización expresa de las autoridades de la isla. La propia Casa Blanca invita a abstenerse de provocaciones. Pero en Miami cuentan con que Cuba reaccionará, y entonces la tensión internacional sería altísima, o bien no reaccionará con fuerza y, en consecuencia, el prestigio de la isla quedará seriamente golpeado.

El 24 de febrero tiene lugar la provocación en el cielo entre Miami y Cuba. Como establecen los procedimientos internacionales para los casos de violación del espacio aéreo, los pilotos cubanos advierten tres veces a la tripulación de las dos avionetas turísticas que deben regresar, pero no reciben respuesta. Ignoradas las tres advertencias, los aviones continúan hacia el espacio aéreo cubano y entonces dos MiG de la aviación militar abren fuego. Las dos aeronaves de los gusanos son derribadas.

No había muchas alternativas y Cuba ya había tenido ejemplos significativos de lo que significaba aplicar tolerancia política ante estas provocaciones: atentados de diversa naturaleza, entre ellos disparos contra bañistas en la playa de Varadero, agentes químicos arrojados sobre campos cultivados para envenenar los alimentos y una campaña de terror hecha de asesinatos, secuestros y bombas. Había llegado el momento de desmentir a quienes creían poder atacar a la isla impunemente.

Para quienes conocen la historia del terrorismo cubano-estadounidense contra Cuba, no hay mucho de nuevo ni en la acción de los gusanos ni en la reacción de las fuerzas de seguridad cubanas. Hermanos al Rescate o Alpha 66 son dos de las varias siglas pertenecientes a la galaxia de la FNCA que, bajo la mirada complaciente de la CIA y de las autoridades federales de Florida, se entrenan en los Everglades y organizan los atentados que se ejecutan en la isla.

Las agresiones terroristas se llevan a cabo desde los años sesenta, pero desde mediados de los años ochenta, con el nacimiento de la Fundación Nacional Cubano Americana, fundada por el fallecido Jorge Mas Canosa de acuerdo con el entonces presidente estadounidense Ronald Reagan, los ataques desde el mar, los atentados en terrenos agrícolas y las bombas en los hoteles de la capital adquirieron continuidad operativa. El más famoso y sangriento de todos sigue siendo el de octubre de 1976, cuando José Posada Carriles y Orlando Bosch colocaron una bomba en un avión de Cubana de Aviación que explotó sobre el cielo de Barbados. Murieron todos los pasajeros y tripulantes, un total de 73 personas, entre ellas la selección nacional cubana de esgrima.

Algunos dijeron que lo ocurrido en febrero de 1996 significó una nueva victoria de los gusanos de Miami y un error de Cuba, pero es una lectura excesivamente politizada que ignora la dinámica histórica. En aquella circunstancia, Cuba no tenía muchas opciones: su rendición no habría sido recompensada con una hipotética mejora de las relaciones con Washington, sino que habría significado el fin de toda credibilidad política. Además, Estados Unidos nunca impuso el bloqueo y las posteriores sanciones en función de una mayor o menor flexibilidad negociadora de La Habana. El bloqueo es una mezcla de venganza histórico-política e intereses concretos que solo pueden ser erosionados mediante la rendición total del gobierno socialista y la devolución de la isla a Estados Unidos.

Por otra parte, para señalar la continuidad histórica del terrorismo contra Cuba ni siquiera hace falta retroceder demasiado en el tiempo. El 26 de febrero de este año, quizá para celebrar a su manera lo ocurrido a José Basulto y sus socios veinte años antes, hubo un nuevo intento – frustrado por una patrulla de la guardia costera cubana – de penetrar el territorio cubano con una lancha rápida. Supuestamente querían lanzar panfletos, pero a bordo viajaba un comando terrorista fuertemente armado que, al recibir la solicitud de identificación de la embarcación con bandera estadounidense y registrada en Miami, respondió abriendo fuego contra la Guardia Costera cubana. La reacción de los militares de La Habana fue rápida, precisa y letal: seis terroristas murieron, cuatro resultaron heridos y fueron arrestados, y la lancha fue confiscada.

En la embarcación había fusiles de asalto, pistolas, cócteles molotov, chalecos antibalas y uniformes para disfrazarse de personal militar cubano. Entre los arrestados figuraba Amijail Sánchez González, cuyo perfil de Facebook muestra imágenes de incendios en edificios y terrenos agrícolas de la isla. También fue detenido Duniel Hernández Santos, procedente igualmente de Estados Unidos, encargado de recibir en Villa Clara a los hombres y armas que viajaban en la lancha.

La FNCA es el centro organizativo y el terminal político, financiero y operativo de todo el terrorismo radicado en Florida, donde ejerce una presión política constante sobre los partidos y las instituciones estadounidenses, con las que comparte la obsesión criminal contra Cuba. La FNCA se mantiene viva gracias a fondos federales y donaciones privadas, además de una red de negocios y licencias comerciales favorecidas en distintos sectores, desde la construcción hasta el comercio y los servicios. También contribuyen a su enriquecimiento algunas medidas legislativas, como la ley del “pie mojado”, que permite a cualquier cubano obtener primero el estatus de refugiado y luego la ciudadanía, siempre que haya tocado suelo estadounidense, incluso llegando ilegalmente.

Con el nombramiento de Marco Rubio como secretario de Estado y consejero de Seguridad Nacional – un interinato inédito en la historia de Estados Unidos – el nivel de agresión contra Cuba ha alcanzado la cúspide institucional. Rubio, hijo de cubano-estadounidenses que huyeron de Cuba cuando aún gobernaban los estadounidenses a través del dictador Fulgencio Batista (uno de los tantos militares criminales colocados al mando de países latinoamericanos por Washington), es expresión directa de la FNCA, que siempre patrocinó su carrera política y logró su nombramiento.

Rubio es consciente de que su destino político – y quizá su propia supervivencia – está ligado al fin del sistema cubano. Su tarea consiste en forzar a Trump a adoptar medidas que puedan provocar la rendición del socialismo, llevando a la isla al límite, cercándola y privándola de bienes mediante todo tipo de operaciones comerciales coercitivas. Que lo logre o no, está por verse.

En la provocación actual de Trump no existe, como en otros escenarios, un verdadero diseño geopolítico: Cuba ya no determina desde hace tiempo la correlación de fuerzas en el continente. Se trata más bien, además del plano ideológico y de su fuerte componente simbólico, de recuperar el voto de la ultraderecha decepcionada con el magnate, acariciando una obsesión enfermiza alimentada por el odio y el deseo de venganza contra quienes han desafiado y derrotado durante décadas el dominio imperial sobre la isla. El objetivo es demostrar la imposibilidad de desafiar y vencer al imperio a las puertas de su casa. Se quiere borrar una isla grande como un mundo, que ha alimentado con su ejemplo a generaciones y países y que ha demostrado saber gestionar y defenderse, tanto de la fuerza, como del declive del imperio.

Son muchos los indicios de que ha comenzado el asalto definitivo contra el socialismo cubano. Pero incluso en una situación dramática, Cuba sabrá encontrar recursos y soluciones para resistir. Quien crea que es posible repetir lo ocurrido en Venezuela se equivoca por completo. Cuba es otra historia: su pueblo, su partido y su ejército son muy distintos.

Las consecuencias, en distintos niveles, de un ataque militar contra la isla, situada a solo 90 millas del territorio estadounidense – lo que también los hace vulnerables – son difíciles de imaginar, pero desde luego serían cualquier cosa menos un paseo de unas pocas horas. Además de los militares estadounidenses que no regresarían a casa y el enorme costo global de una aventura insensata, en Washington existe el temor a una emigración masiva en caso de conflicto armado, lo que supone de por sí un riesgo político elevadísimo para Estados Unidos. La Casa Blanca parece concentrada únicamente en sus nuevos salones de baile. Y deberá prepararse para bailar un Son combativo.