
Asqarjon Ismoilov | Theran Times
En mi juventud, leí «El terrible Teherán» del autor iraní Morteza Moshfegh Kazemi. Desde entonces, la imagen de la ciudad, llena de miedo y misterio, se quedó grabada en mi mente. Cuando partí hacia Teherán, me pregunté: ¿cuánto se parece el Teherán descrito en ese libro al Teherán de hoy?
De camino del aeropuerto al centro de la ciudad, me llamaron la atención las fotografías de víctimas de la guerra que había a la vera del camino. Detrás de cada imagen había una familia, un destino y una tristeza. Fue allí donde sentí la realidad de la guerra, no a través de estadísticas y números, sino a través de los ojos de los seres humanos.
Sin embargo, Teherán me sorprendió también de otra manera. Es una metrópolis moderna, con calles anchas, una vida urbana vibrante y gente que se mueve con prisa. Aunque el país ha estado bajo sanciones durante casi cuarenta años, la vida continúa. Me di cuenta de que las impresiones que uno se forma desde la distancia no siempre coinciden con la realidad.
A la mañana siguiente, miré por la ventana del hotel. Las calles estaban abarrotadas. Miles de personas, portando pancartas y fotografías, se dirigían a una ceremonia de duelo. Junto al dolor, pude ver firmeza y resiliencia en sus rostros.
Luego visitamos la Universidad Tecnológica Sharif. Al ver las aulas destruidas, las ventanas rotas y los libros cubiertos de polvo, me enfrenté a la verdadera naturaleza de la guerra. Fundada en 1966, la universidad es considerada una de las instituciones académicas más respetadas de Irán. Fue profundamente doloroso presenciar las huellas de la guerra en un lugar que alguna vez fue un centro de logros científicos e intelectuales.
En ese momento comprendí que la guerra no solo destruye edificios; también destruye sueños. El futuro de un estudiante, el esfuerzo de un científico y las esperanzas de un ser humano pueden convertirse en blanco de la guerra.
Trabajamos junto a periodistas de diferentes países. Nuestros idiomas eran distintos y nuestras perspectivas no eran idénticas, pero todos coincidíamos en una verdad: la guerra no tiene vencedores.
No en vano nuestro pueblo dice: “Donde hay paz, hay bendición” y “Ninguna tierra prospera mediante la guerra”.
En Teherán, presencié una determinación inquebrantable. Un pueblo que, a lo largo de miles de años de historia, ha realizado importantes contribuciones a la ciencia, la literatura y la cultura mundial, continúa con su labor en la actualidad.
Al partir de Teherán, solo me traje una verdad: los edificios pueden ser destruidos, pero la voluntad de una nación no. En mi memoria, Teherán permanecerá no como una ciudad devastada por la guerra, sino como la ciudad de un pueblo que, a pesar de todas las adversidades, ha conservado su resiliencia y aún tiene mucho que decir al mundo.