
Garsha Vazirian | Theran Times
* La indignación sincronizada señala el estertor de la arraigada táctica del policía bueno y el policía malo. Durante décadas, Washington se presentó como la voz de la moderación, mientras que Israel desempeñó el papel de perro de ataque errático, recurriendo a asesinatos, sabotajes y ataques militares para obtener concesiones máximas o acabar por completo con la diplomacia.
Teherán.- La reacción visceral y coordinada de Tel Aviv y Washington ante las recientes aperturas diplomáticas entre Irán y Estados Unidos, ha puesto al descubierto la fragilidad subyacente de la maquinaria de guerra sionista.
Mientras las negociaciones indirectas mediadas por Pakistán y Qatar apuntan a un posible fin de la guerra, el descongelamiento de los activos iraníes y las nuevas medidas de desescalada con respecto al estrecho de Ormuz han provocado un pánico sincronizado entre los líderes israelíes, el lobby proisraelí y los neoconservadores estadounidenses.
Su furia revela un objetivo estratégico que trasciende el bloqueo de un solo memorándum. Está diseñado para preservar una estructura de coerción que busca aislar permanentemente a Irán, asediarlo económicamente y presentarlo como un país peligroso y rebelde.
Un teatro de humillación política
La reacción de Israel suena como una admisión de profunda impotencia estratégica. El primer ministro Benjamin Netanyahu ha sido marginado de facto de las negociaciones clave, lo que ha provocado un colapso político dentro del régimen.
El líder de la oposición, Yair Lapid, calificó la falta de participación israelí como un desastre histórico sin precedentes, quejándose de que Israel ha sido reducido a un mero contratista de demoliciones, utilizado para aportar potencia de fuego, pero descartado cuando se imponen condiciones.
El exviceprimer ministro, Avigdor Liberman, lanzó una dura denuncia, calificando cualquier acuerdo de catástrofe, porque deja a la cúpula iraní en el poder. Admitió abiertamente el fracaso militar y acusó a Netanyahu de transformar sumisamente a Israel en una república bananera.
El exprimer ministro, Naftali Bennett, alimentó la ilusión de un «Irán vengativo que se reconstruye para ganar tiempo», y el político de extrema derecha, Zvika Fogel, acusó a Trump de acobardarse.
El colapso neoconservador en el Capitolio
En Washington, el coro de los más belicistas es igualmente frenético, lo que pone de manifiesto un profundo temor a que la diplomacia pueda tener éxito donde la mera agresión militar ha fracasado claramente.
Senadores como Lindsey Graham y Ted Cruz, han calificado la diplomacia como una rendición apocalíptica. Cruz advirtió que permitir que un Irán soberano reciba sus propios activos financieros y controle vías fluviales estratégicas, es un «error desastroso».
Graham afirmó que un acuerdo precoz se convertiría en una pesadilla para Israel, confesando inadvertidamente que la dominación geopolítica es su verdadera prioridad.
El exsecretario de Estado, Mike Pompeo, atacó furiosamente el proceso diplomático, comparándolo con el manual de la administración Obama y acusando a los mediadores de abandonar la política de «Estados Unidos Primero».
El exasesor de seguridad nacional, John Bolton, acusó además a la Casa Blanca de no haber completado la tarea, lamentando la oportunidad perdida de desmantelar por completo Irán.
Figuras mediáticas de derecha, afines a Trump, han amplificado esta histeria. Mark Levin arremetió contra la palabra «alto el fuego», exigiendo una rendición incondicional e invocando analogías con Hitler.
Laura Loomer se quejó de que el gobierno iraní ahora se siente legitimado, envalentonado y celebra el alto el fuego.
El colapso de una rutina de sabotaje
Esta indignación sincronizada señala el estertor de la arraigada táctica del policía bueno y el policía malo. Durante décadas, Washington se presentó como la voz de la moderación, mientras que Israel desempeñó el papel de perro de ataque errático, recurriendo a asesinatos, sabotajes y ataques militares para obtener concesiones máximas o acabar por completo con la diplomacia.
Ahora, la flagrante beligerancia de Trump no ha dejado lugar a tales pretensiones, dejando al descubierto la perfecta coordinación entre Washington y Tel Aviv en su campaña conjunta contra Irán.
Históricamente, siempre que las conversaciones mostraban avances, el sabotaje armado no tardaba en seguirle. En 1995, 2002 y durante las extensas negociaciones del JCPOA, el lobby israelí instrumentalizó al Congreso para bloquear cualquier acercamiento significativo.
Durante las conversaciones de Omán de junio de 2025, Israel lanzó ataques aéreos sorpresa horas antes de las negociaciones programadas, una medida provocadora que algunos creen que fue diseñada específicamente para sabotear la diplomacia, mientras que otros creen que todo el proceso de negociación no fue más que una artimaña.
AIPAC y otros grupos proisraelíes han proporcionado constantemente la fuerza organizativa necesaria, gastando decenas de millones de dólares para influir en las votaciones del Congreso y bombardear las oficinas con demandas de intervención militar.
Sin embargo, esa rutina se ha derrumbado. Estados Unidos ya no puede absorber las catastróficas consecuencias económicas mundiales de un bloqueo marítimo prolongado.
Washington busca una vía de escape porque Israel ha agotado por completo su capacidad de escalada, al no haber logrado ni una sola victoria estratégica a pesar de haber sembrado una inmensa destrucción en la región.
La hoja de ruta para la disrupción futura
Desesperados por impedir la normalización, el lobby israelí y sus redes aliadas de línea dura están preparando su plan de sabotaje.
Para obstaculizar el plazo de implementación, los legisladores encabezados por Roger Wicker y Thom Tillis, están elaborando medidas coercitivas que exigen la ratificación del Congreso para cualquier acuerdo.
Es posible que su intención sea paralizar a la Casa Blanca e impedir que descongele los activos, condicionando el levantamiento de las sanciones a exigencias inverosímiles e innegociables, como el desmantelamiento total de la infraestructura nuclear de Irán.
Dadas las crecientes tensiones entre Trump y la cúpula del Partido Republicano, esta medida tiene tanto que ver con la supervivencia política interna como con el descarrilamiento de la diplomacia con Irán.
El capital político de Trump se está agotando debido a múltiples escándalos, incluyendo la fuerte reacción en contra de su fondo de 1.800 millones de dólares para la «antiarmamentización» destinado a los acusados del 6 de enero, el rechazo del Congreso al fondo para el salón de baile del Ala Este por acusaciones de amiguismo, las batallas por la inmunidad del Departamento de Justicia y las alegaciones de desvío de fondos de campaña, a solo unos meses de las elecciones de mitad de mandato de 2026. Este caos interno ha envalentonado al bando belicista para sabotear sus esfuerzos diplomáticos con renovada intensidad.
Al mismo tiempo, es probable que Israel intente generar crisis mediante escaladas repentinas. Al continuar con los ataques agresivos en el Líbano, Tel Aviv podría esperar provocar a Irán y sus aliados, sabiendo perfectamente que un alto el fuego integral debe incluir a todos los frentes regionales.
Las operaciones de falsa bandera y los asesinatos selectivos siguen siendo amenazas persistentes, diseñadas deliberadamente para crear una conmoción emocional que altere la dinámica de negociación a favor de la parte beligerante.
El ecosistema mediático neoconservador también está dispuesto a instrumentalizar cualquier defensa iraní como una violación no provocada del acuerdo.
En última instancia, esta furiosa reacción pone de manifiesto la dependencia institucional del consenso antiiraní. Si el proceso diplomático da frutos, puede amenazar fundamentalmente una maquinaria política construida enteramente sobre la confrontación permanente, la adquisición de armas y el sufrimiento regional interminable.