En los días de Allende, 50 años después

El torrente de humano socialismo de Allende era un pecado. Estados Unidos bloqueó todo tipo de suministros al país del cobre, causó inestabilidad, desesperación y hambre 

Sergio Díaz Tapia, el mayor de los varones de una prole de hermanos que llegó a diez, es un hombre de campo, de trabajo. En consecuencia, es de esos seres humanos de nobleza en las epidermis y de imágenes en palabras, con las que solo los campesinos son capaces de mostrarnos la grandeza de una verdad. 

«Allende nos quitó la ojota y nos puso zapatos». Esa fue su ilustrada manera de dejarnos ver cómo se dignificó al pueblo. Tenía 22 años y ya era un activo dirigente sindical del sector agrario, cuando, por esa escultura social que moldeó el Presidente de la Unidad Popular, la oligarquía como brazo ejecutor y el imperialismo como hacedor, planearon el holocausto, consumado el 11 de septiembre de 1973, el día más nefasto para Chile. 

Su hermano Rubén, entonces de solo nueve años, recuerda aquel martes de hace 50 calendarios como un infierno. «Los milicos nos sacaron para la carretera a niños, mujeres y ancianos. La emprendieron a golpes y a culatazos contra todos; se metieron a las casas y destruyeron cuanto encontraron. Me asusté». Esa temprana experiencia lo llevó a convertirse en uno de los líderes del movimiento obrero de la región, y a usar tempranamente sobrenombres para sobrevivir. 

EL PLAN SE COCINÓ EN WASHINGTON 

Un artículo de Gabriel García Márquez, que tituló Chile, el golpe y los gringos, daba cuenta de una cena, en Washington, a fines de 1969, con siete comensales: tres generales del Pentágono y cuatro chilenos. El Gabo nos sentó en la mesa, casi degustando los platos, con el don de su eximia narrativa, para revelarnos la pregunta de uno de los oficiales estadounidenses: ¿Qué haría el ejército de Chile si el candidato de la izquierda, Salvador Allende, ganaba las elecciones del próximo septiembre? «Nos tomaremos el Palacio de La Moneda en media hora, aunque tengamos que incendiarlo», fue la respuesta de los uniformados sudamericanos. 

Cuenta el Nobel de Literatura que fue ese el primer contacto del Pentágono con oficiales chilenos, que después se tradujo en acuerdo entre los militares de los dos países, plasmado en el Contingency Plan, puesto en marcha por la Defense Intelligence Agency del Pentágono, pero ejecutado por la Naval Intelligency Agency, con datos de otras agencias, la cia incluida, bajo la dirección política superior del Consejo Nacional de Seguridad. 

Salvador Allende ganó, el 4 de septiembre de 1970, la presidencia de Chile, y en el transcurso de apenas un año nacionalizó 47 empresas industriales y más de la mitad del sistema de créditos; la Reforma Agraria expropió e incorporó a la propiedad social 2 400 000 hectáreas de tierras activas; moderó la inflación, alcanzó el pleno empleo, los salarios tuvieron un aumento efectivo de un 40 %, y recuperó para la nación todos los yacimientos de cobre explotados por las filiales de compañías estadounidenses, la Anaconda y la Kennecott, que en 15 años ganaron 80 000 millones de dólares. 

La componenda castrense no cristalizó porque la burguesía empezó a beneficiarse de las propias disposiciones del nuevo Gobierno, sin tener, por primera vez, que escamotear los derechos del pueblo. 

El propio embajador de Estados Unidos en Chile, Edward Korry, recomendó a sus superiores que no era el momento. Pero el torrente de humano socialismo de Allende era un pecado. Estados Unidos bloqueó todo tipo de suministros al país del cobre, causó inestabilidad, desesperación y hambre. Cualquier semejanza, en pleno siglo XXI, con la política hacia Cuba, no es coincidencia. 

Entre tanto, la democracia cristiana hacía el resto en el ecosistema latinoamericano, al dominar más de dos tercios del Congreso. Del pecho de Allende salió, entonces, la frase: «el pueblo tiene el gobierno, pero no el poder». 

En marzo de 1973, las urnas parecían echar a Allende; sin embargo, fue una resonante victoria, con el 44 %, pero también su sentencia de muerte. El triunfo terminó por convencer a la oposición interna de que el proceso democrático promovido por la Unidad Popular no caería con recursos legales. Para Estados Unidos era una advertencia mucho mayor que los intereses de las empresas expropiadas, era un ejemplo inadmisible en el progreso pacífico de los pueblos del mundo. 

No fue una digestión lenta, pero el plan de la cena de Washington revivió con el mismo objetivo, porque más que un golpe de Estado se fraguó un asesinato, para no dejar ni rastro de tanta nobleza política. El propio García Márquez definió, como una contradicción dramática en la vida de Allende, la de ser, al mismo tiempo, enemigo congénito de la violencia y revolucionario apasionado. Él creía haberla resuelto con la hipótesis de que las condiciones de Chile permitían una evolución pacífica hacia el socialismo dentro de la legalidad burguesa. 

EN LAS FAUCES DEL MONSTRUO 

«No hay que dejar ninguna piedra sin mover para obstruir la llegada de Allende», dijo el presidente estadounidense Richard Nixon, mientras su empleado, Henry Kissinger, declaró: «No veo por qué tenemos que quedarnos como espectadores y mirar cómo un país se vuelve comunista por la irresponsabilidad de su propio pueblo». ¿Resultado? Decidió, con su jefe, ordenar a la Embajada sondear la permeabilidad de las Fuerzas Armadas a un golpe militar que impidiera la asunción de Allende. Esa fue la génesis, de la cual era parte la comelata de 1969, pasando por asesinatos de altos cargos militares opuestos a la magnicida idea, y que, según documentos desclasificados, engrosaban la abultada estrategia Acción clandestina en Chile 1963-1973. 

Toda la saña contra el gobierno de la Unidad Popular quedó registrada en el libro Los dos últimos años de Salvador Allende, de Nathaniel Davis, sustituto de Korry en la legación estadounidense, en el cual se admite la mutua colaboración de inteligencia de EE. UU. y de Chile para desestabilizar al Gobierno. 

Con la cúpula uniformada complotada, la bilis del monstruo entró en erupción. Una de las pruebas más dantescas del crimen del 11 de septiembre de 1973 fue el diálogo entre el jefe del golpe, Augusto Pinochet, y Patricio Carvajal, en el Ministerio de Defensa, quien le sugirió a Allende la rendición: «pero me contestó con garabatos». El general le precisó: «A las 11 atacamos La Moneda». 

Su interlocutor le dijo a Allende que podría parlamentar, y su superior le respondió que nada de eso: «Rendición incondicional, a las 11 atacamos». Carvajal le preguntó si se mantiene la oferta de respetarle la vida y sacarlo del país. Pinochet le contesta que sí: «pero el avión se cae, viejo, cuando vaya volando». 

Pero no, Allende cayó fusil en mano, el que le regaló Fidel. Disparó, por primera vez en su vida, e hirió al general Palacios, uno de los del banquete de 1969, quien ordenó a toda su escuadra balear al Presidente, ya sin vida, y luego destrozarle el rostro con la culata del arma con la que defendió a su pueblo, que sufrió igual suerte. Solo cuatro meses después del golpe, el balance era atroz: 20 000 personas asesinadas; 30 000 prisioneros políticos sometidos a torturas salvajes, 25 000 estudiantes expulsados y más de 200 000 obreros licenciados. 

Ocurrió en Chile, pero lo sufrió la humanidad. La misma saña imperial sigue haciendo uso de la receta, promueve golpes en terceros países; da de comer a trasnochados subversivos, como el títere que mandó a Ucrania a inventarse un motivo para acusar a Cuba; maniobra en Perú para sacar del poder a un maestro de izquierda; y en Bolivia cocinó una asonada militar contra el mandatario indígena. Es el miedo del imperio a la libertad de los pueblos. 

Rubén, desde las entrañas campesinas chilenas, en el libro Los Díaz del Carmen, nos habla de que le temían a Allende, a un Chile que era la segunda República Socialista en América. Pero se equivocaron, ahora les asusta más, porque ni el ejemplo ni el legado se matan ni mueren. «Él está aquí, en su estatura de hombre íntegro, que hizo del servicio público una profesión de fe». 

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