Venezuela, el último adiós al Derecho

 

Fabrizio Casari

* “Estados Unidos ha decidido que el mundo no es un lugar para los justos, sino para los fuertes. Conscientes de su declive irreversible, han optado por replegarse sobre su propio continente, al que pretenden someter nuevamente con mano dura…”

El ataque criminal contra Venezuela llevado a cabo por Estados Unidos, coloca una auténtica lápida sobre lo poco que quedaba del Derecho Internacional. El bombardeo de instalaciones militares venezolanas en ausencia de amenazas o peligros provenientes de ese país y, aún más grave, el secuestro y la extracción forzada de su Jefe de Estado – de un país contra el cual no se ha declarado formalmente la guerra – traslada la iniciativa política y militar al terreno del crimen absoluto.

Lo que resulta evidente es que cualquier vestigio, por mínimo que fuera, del Derecho Internacional – ya mutilado en Gaza y confirmado por la inercia de la comunidad internacional – ha sido definitivamente enterrado en Caracas.

El sistema de normas nacido en Yalta, al final de la Segunda Guerra Mundial, que tenía como pilares la igualdad entre los Estados, el respeto a su soberanía y la no injerencia en los asuntos internos de cada uno, y que obligaba a toda la comunidad internacional a atenerse a esas reglas, ha dejado de existir. Mucho menos conserva credibilidad la Organización de las Naciones Unidas como instrumento capaz de prevenir o reprimir controversias que violen ese pacto de convivencia global, utilizando los medios disponibles, desde la diplomacia hasta el uso de la fuerza.

El proceso de deslegitimación del Derecho Internacional no es únicamente el producto de una conspiración de perversos, sino que se inició con la política expansiva del capitalismo estadounidense después de la Segunda Guerra Mundial, nada dispuesto a respetar los acuerdos firmados con Rusia y China sobre el respeto de las respectivas esferas de influencia previstas en Yalta.

No se habían apagado las luces de Yalta cuando el capitalismo estadounidense tuvo un único motor: la expansión de sus intereses mediante la extensión militar y geográfica de su imperio y control total de los recursos y brazos baratos del continente. Todo al servicio de un crecimiento económico brutal en beneficio exclusivo de Estados Unidos. Un crecimiento basado en el control de las rutas marítimas, de los recursos del subsuelo, del aparato militar y del cartel energético con el cual, desde mediados de los años sesenta, se gobernó el mercado de los hidrocarburos.

La organización de la comunidad internacional fue frecuentemente confrontada con los hechos consumados; desde 1945 la política exterior estadounidense se ha sustentado en decenas de invasiones, golpes de Estado y en la organización de redes de espionaje que, mediante la fuerza o el chantaje, obtuvieron la complicidad operativa de decenas de gobiernos. El saqueo de continentes enteros constituyó la base económica necesaria para la construcción, el mantenimiento y el fortalecimiento de un imperio que mostraba claramente los signos de su cinismo y su inmoralidad, incluso antes que los de su arrogancia.

A este bloque occidental de intereses y de absoluta fidelidad atlántica, se le asignó la tarea de representar el ropaje político unitario del llamado Occidente Colectivo, mientras que las Naciones Unidas, paralizadas por el sistema de vetos en el Consejo de Seguridad, veían diluirse en el tiempo y en soluciones estériles cualquier intento de restablecer la legalidad internacional. Desde África hasta América Latina, desde Europa del Este hasta Asia, la intromisión estadounidense en el saqueo del resto del mundo fue disfrazada como guerra ideológica, ocultando el verdadero conflicto Norte-Sur bajo el falso enfrentamiento Este-Oeste.

El fin del campo socialista fue presentado como “el fin de la historia”, para usar la expresión de Fukuyama, teórico del vacío y del error permanente. Más claros resultaron los planteamientos de Brzezinski y Donald Rumsfeld: distintos entre sí, coincidían en un punto esencial: el mundo quiere, puede y debe ser gobernado por Estados Unidos, cueste lo que cueste.

El Nuevo Orden Mundial surgido de las ruinas de 1989 se erigió, en realidad, como el capítulo final del capital contra el trabajo, del Norte contra el Sur, eufemísticamente llamado “choque de civilizaciones”.

La destrucción sistemática de las razones y de las verdades históricas tuvo un momento clave en el vertido de billones de dólares en la arena política internacional para garantizar la primacía tecnológica y científica, el dominio de los mercados y el uso del endeudamiento como palanca, así como – con mayor fuerza aún – la apropiación de lo ya existente y el control de los nuevos productos del ámbito informativo.

El control total del mercado de la comunicación implicó el dominio cultural y se convirtió en la base operativa del pensamiento único. La inversión de la realidad y el desmontaje de la lógica que sustentaba las normas de salvaguarda del sistema internacional de reglas, hasta se formó un nuevo sentido común. Paralelamente, el uso de los organismos internacionales en beneficio exclusivo de la supremacía occidental terminó por destruir el entramado jurídico, político, institucional y ético que sostenía la complejidad del mundo.

Estados Unidos ha decidido que el mundo no es un lugar para los justos, sino para los fuertes. Conscientes de su declive irreversible, han optado por replegarse sobre su propio continente, al que pretenden someter nuevamente con mano dura, conscientes de que allí se concentran recursos de los que carecen y que resultan indispensables para enfrentar el desafío chino y el conjunto de las economías emergentes, además de constituir una reserva geopolítica y estratégica que extiende el control estadounidense hasta ambos polos del planeta.

El proyecto de reconquista estadounidense del mundo se reduce territorialmente mientras se radicaliza políticamente. Reconoce de facto la existencia de tres actores globales – China, Rusia e India – y toma nota del crecimiento de países como Brasil, Sudáfrica, Arabia Saudita o Pakistán, admitiendo sus respectivas áreas de influencia, pero insiste en forzar el acceso a las riquezas ajenas allí donde sean necesarias para la supervivencia de su modelo fallido.

Desde una lectura ideológica producto del fanatismo religioso y mesiánico, del odio racial y del machismo que caracterizan la ideología trumpista, el cambio más evidente en las relaciones internacionales se expresa en una interpretación del mundo basada en el signo político de los gobiernos. En la práctica, allí donde gobierna un fascista o un subproducto del fascismo, Trump está dispuesto a extender la mano, a identificarse con sus razones y a elevarlo como ejemplo de amistad. Al mismo tiempo, combate a aquellos países que practican soberanía e independencia y también a aquellos, aun tibios, donde la derecha ha sido involucrada en investigaciones judiciales, desde Brasil hasta Colombia y Honduras, por mencionar solo América Latina.

El paso del Derecho entre iguales a la ley darwiniana del más fuerte, se acompaña a la desaparición de la relación política entre Estados: rige el criterio de las pandillas, según el cual existen gobiernos amigos y gobiernos enemigos. A los primeros todo les es permitido en virtud de su obediencia ciega al señor feudal; a los segundos nada les está permitido, precisamente, por lo contrario.

El colapso definitivo de cualquier fascinación por un modelo sociopolítico que, acorralado, ha borrado apresuradamente los principios jurídico-políticos sobre los que decía sustentarse y demuestra que esos mismos principios se han convertido en un obstáculo insalvable para su poder. Respetarlos se volvió obsoleto y contraproducente para sus intereses. De ahí el retorno a la furia de las bestias propia de la historia colonial, a la restricción de la libre circulación de personas, capitales y mercancías, a la reaparición de la piratería como sustituto del intercambio regulado. Un nuevo perfil criminal que ha provocado golpes a una comunidad internacional digna de ese nombre, que aún insiste – obstinadamente – en el Derecho y no en la fuerza.

Como quedó demostrado en Gaza y confirmado en Caracas, asistimos a la pérdida definitiva de toda supuesta superioridad ética de un modelo que se presentaba al mundo proclamando principios liberal-democráticos. El secuestro de Nicolás Maduro es, en cierto sentido, comparable al intento de bombardear la residencia de Putin en Rusia: estamos ante la legitimación de la ausencia total de reglas, de cualquier estética del conflicto y de toda decencia en el uso de la fuerza. Se borran las reglas escritas y la que no son escritas, pero que siempre han sido consideradas respetables, a partir de la incolumidad de los jefes de Estado y de Gobierno. Ahora ya sabemos que hasta esto ya desapareció.

El nuevo fascismo 2.0 que parece imponerse a comienzos de 2026, dibuja la vulgaridad y la ignominia de sus protagonistas. Una nueva autocracia de perfil delictivo es la marca de un modelo podrido, desprovisto de legitimidad y completamente incapaz de proponer un proyecto de sociedad que no sea la reedición de las peores experiencias imperiales.

Todo país que aspire a preservar su soberanía, deberá tener en cuenta a este grupo de criminales que dirige Occidente y actuar en consecuencia. No se les debe respeto alguno ni obediencia a regla alguna en su enfrentamiento. Como todos los imperios, está destinado a perecer bajo sus propias ruinas, y mucho antes de lo que se imagina. La incógnita es solo cuándo.