
Theran Times
Teherán.- La visita de Estado de tres días del presidente Donald Trump a China comienza bajo la sombra de la crisis que se vive en el Golfo Pérsico. Tras más de 70 días de la campaña militar conjunta entre Estados Unidos e Israel contra Irán, el conflicto se ha estancado en un precario punto muerto, lo que ha convertido a Pekín en un actor diplomático clave.
A su llegada a Pekín el miércoles por la noche, Trump fue recibido por el vicepresidente chino Han Zheng y otros altos funcionarios, una clara señal de la adhesión de Pekín al protocolo diplomático, incluso cuando las dos potencias siguen profundamente divididas sobre el camino hacia la estabilidad regional.
Poco antes de partir de Washington, Trump manifestó su deseo de mantener una larga conversación con el presidente Xi Jinping sobre el conflicto con Irán, al tiempo que afirmaba que Estados Unidos no necesita ayuda externa.
Esta postura pública contrasta con las declaraciones de su propio gabinete. El secretario de Estado, Marco Rubio, instó a China a usar su influencia para presionar a Irán a fin de que reabra el estrecho de Ormuz, mientras que el secretario del Tesoro, Scott Bessent, confirmó que Irán encabeza la agenda de esta cumbre, la primera de este tipo desde 2017.
En este contexto, la visita del ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, a Pekín el 6 de mayo —la primera desde el inicio de las hostilidades el 28 de febrero— reviste gran importancia. Tras las conversaciones de alto nivel con el ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi, resulta evidente que Teherán está reforzando su alineación estratégica con Pekín.
Araghchi respaldó la propuesta de paz de cuatro puntos de China para Oriente Medio, que hace hincapié en la coexistencia pacífica, el respeto a la soberanía, la adhesión al derecho internacional y la coordinación del desarrollo y la seguridad.
Wang, si bien hizo hincapié en la urgente necesidad de diálogo y la reapertura del estrecho de Ormuz, rechazó los llamamientos de Estados Unidos para aislar a Teherán. En cambio, recalcó la necesidad de una solución permanente y negociada al conflicto.
La guerra ha evolucionado desde los ataques iniciales de marzo y principios de abril hasta una fase de alta presión caracterizada por la diplomacia del bloqueo. El tráfico marítimo a través del estrecho de Ormuz sigue gravemente afectado, ya que Irán ha ampliado su control operativo a una zona marítima más extensa.
El alto el fuego del 8 de abril, mediado por Pakistán, no ha logrado una paz duradera. El conflicto se asemeja ahora a un juego de confrontación constante, ya que Irán se niega a negociar hasta que Washington cumpla cinco demandas fundamentales: el cese de las hostilidades en todos los frentes, en particular la guerra de Israel contra el Líbano; el levantamiento de las sanciones; la liberación de los activos iraníes congelados; la indemnización a Irán por los daños de guerra; y el reconocimiento de los derechos soberanos de Irán sobre el estrecho de Ormuz.
Más allá del campo de batalla, las repercusiones económicas se agravan. La inestabilidad en el Golfo Pérsico ha disparado los precios del petróleo por encima de los 100 dólares por barril, alimentando nuevas presiones inflacionarias a nivel mundial. Para Trump, este repunte supone riesgos políticos internos, ya que la inflación derivada del sector energético amenaza el crecimiento económico y complica la agenda política general de su administración.
A nivel estratégico, las implicaciones se extienden mucho más allá de Oriente Medio. A pesar de las suposiciones iniciales de Estados Unidos de que el conflicto desencadenaría un colapso de las estructuras estatales iraníes al estilo venezolano, la resistencia militar de Irán ha frustrado cualquier escenario de cambio de régimen rápido.
Una victoria decisiva de Estados Unidos sobre Irán permitiría a Washington redirigir su enfoque estratégico hacia China, en particular hacia Taiwán, que Pekín considera una línea roja fundamental. Esta preocupación se ve reforzada por un patrón más amplio de la retórica estratégica estadounidense, que incluye referencias a Venezuela, Groenlandia y Canadá en los debates sobre las ambiciones geopolíticas de Estados Unidos.
Desde esta perspectiva, cualquier ventaja estadounidense en Irán podría reconfigurar directamente el equilibrio de poder en Asia. En este contexto, China debería seguir apoyando a Irán en el Consejo de Seguridad de la ONU y rechazar firmemente los llamamientos a debilitar o abandonar su posición, manteniendo al mismo tiempo una postura clara a favor de la soberanía de Irán y la necesidad de una solución negociada al conflicto.
Sin embargo, esta interpretación no es compartida por todos. Algunos analistas sostienen que la prolongada intervención estadounidense en Oriente Medio podría, de hecho, beneficiar los intereses de China.
Un conflicto prolongado obliga a Washington a invertir importantes recursos militares y financieros, lo que limita su capacidad para intensificar la presión en el Indo-Pacífico. Desde esta perspectiva, un estancamiento prolongado le brinda a Pekín un valioso tiempo estratégico, al tiempo que le permite mantener cierta distancia diplomática del conflicto.
En definitiva, para China, la cuestión principal no reside únicamente en si Estados Unidos gana o pierde en Irán, sino en si la guerra termina rápidamente o se prolonga. En cualquier caso, China está en condiciones de desempeñar un papel de mediación constructiva y apoyar los esfuerzos para alcanzar una solución política negociada. Esto contribuiría a estabilizar la región y, al mismo tiempo, fortalecería el papel de China como potencia mundial responsable. El resultado también definirá la posición de China en el mundo y el futuro equilibrio de las relaciones entre las grandes potencias.