
Miguel Carranza Mena
El próximo 4 de octubre, los brasileños están citados a las urnas para elegir a su presidente, vicepresidente, gobernadores y diputados, en un proceso electoral marcado por la injerencia explicita y descarada de la Casa Blanca a través de su repugnante Doctrina Monroe.
Son 13 los candidatos que se disputarán la presidencia de Brasil este 4 de octubre, pero la contienda principal está centrada entre el actual presidente Luis Inácio Lula da Silva y el senador Flavio Bolsonaro, hijo del condenado expresidente Jair Bolsonaro, puesto en prisión tras la intentona golpista de enero de 2023.
En esta disputa seguida de cerca por Washington, Lula apuesta por continuar profundizando los proyectos sociales y la inversión pública en beneficio de su pueblo, así como el reforzamiento con las alianzas del Sur Global y el Mundo Multipolar. Bolsonaro, en tanto, como fiel servil del imperialismo, ofrece los minerales y tierras raras de su país a cambio del apoyo político de los norteamericanos.
Ante este escenario, Trump recurre a toda su batería de medidas coercitivas para intentar influir en la decisión electoral de los brasileños. Recientemente, impuso un arancel del 25 por ciento a productos provenientes de Brasil y retiró la visa al embajador del Gobierno de Lula, después de que Brasil, en ejercicio de su plena soberanía, se negara a recibir a funcionarios estadounidenses que pretendían «verificar» el sistema electoral de Brasilia.
Trump, sin medias tintas, también ha expresado públicamente su apoyo a los Bolsonaro y ha calificado la condena de Jair como “caza de brujas”; en el mismo sentir se ha expresado el Secretario de Estado Marco Rubio.
No cabe duda entonces que Bolsonaro hijo está bajo la influencia de Estados Unidos y de Trump personalmente. Flavio busca el respaldo de Washington para aumentar sus posibilidades de victoria. Recordemos que fue él quien convenció al líder estadounidense de reconocer como terroristas a las organizaciones criminales el Primeiro Comando da Capital (Primer Comando Capital) y al Comando Vermelho (Comando Rojo) que operan en el territorio brasileño. Esta decisión, según los analistas, es solo un pretexto para que las Fuerzas Armadas de EE.UU. planeen ilegalmente operaciones en el territorio sin coordinar sus acciones con Brasilia.
Lula ha sido enfático sobre este tema, rechazando enérgicamente la decisión de Washington y calificándola como una intromisión unilateral que vulnera la soberanía de Brasil.
El pueblo no se engaña
Pero mientras más presiona Washington, menos rédito político obtiene el candidato de derecha. Para muchos electores, la intromisión de Estados Unidos en los asuntos internos es vista como una amenaza a la soberanía de Brasil, una percepción que podría terminar fortaleciendo la posición de Lula da Silva. En este sentido, Flavio Bolsonaro enfrenta una situación comprometedora: mientras su hermano Eduardo buscaba en Washington promover sanciones contra Brasil, él se trasladaba a Estados Unidos para solicitar que la presión económica fuera utilizada como mecanismo de influencia de cara a las elecciones.
Y es que Washington apuesta a que, en los últimos años, los gobiernos de derecha se han abierto paso en la región: la derecha ha ganado en Argentina, Chile, Ecuador, Colombia y Perú, en tanto Brasil sigue siendo el último bastión de izquierda y el principal obstáculo para la implementación de la Doctrina Monroe, que ha declarado al hemisferio occidental como «zona de intereses vitales» para EE.UU.
Lula con buenos puntos
Ante este contexto, los expertos consideran que Lula, un líder sindical que goza de la simpatía popular y de la clase trabajadora, es una alternativa cada vez más preferible para continuar gobernando el país. Primero, porque bajo su mandato Brasil ha experimentado un crecimiento económico mediante la implementación de programas sociales que han sacado a millones de brasileños de la pobreza y ha generado empleo, así como el acceso a la educación. Segundo, los electores están aburridos de los escándalos y la inestabilidad política que representa la derecha y Lula transmite estabilidad y previsibilidad. Incluso sus adversarios lo reconocen.
En el ámbito internacional, el sindicalista también es considerado la mejor opción. Lula promueve una política exterior independiente, sin subordinación a la decadente hegemonía occidental, defiende la soberanía nacional y lo más importante para los brasileños, defiende los recursos estratégicos del país.
El líder de los obreros también busca relaciones equilibradas con el mundo al proyectarse como un actor soberano. Fortalece lazos con China, que hoy recibe más del 30% de sus exportaciones; impulsa la cooperación y el protagonismo de Brasil en el BRICS y avanza en transacciones en monedas locales. Para los brasileños, esto significa que su país no se convertirá en un satélite de nadie, sino que se mantendrá como un centro de poder autónomo en el Sur Global.
Otro punto a favor de Lula es que ante las presiones de Washington de aplicar aranceles unilaterales que golpean las exportaciones brasileñas, éste sale al paso manifestando su protección al mercado interno y a los sectores más vulnerables, actitud que genera un fuerte eco entre los empresarios.
Bolsonaro el corrupto
Bolsonaro hijo es todo lo contrario, él está dispuesto a abrirse con Washington, sin embargo, ha recibido un duro golpe en su imagen. El portal de investigación The Intercept Brasil, publicó audios y mensajes en los que el senador solicita ayuda financiera de millones de dólares al banquero Daniel Vorcaro para producir una película biográfica sobre su padre, titulada «Caballo Oscuro».
Lo de la película pareciera no ser ningún delito, quién no quisiera hacer un filme de su padre, sin embargo, el origen del financiamiento sí lo es. Bolsonaro le solicitó dinero nada más ni nada menos que al que hoy cumple una condena por fraude de más 1.5 mil millones de dólares al Estado brasileño.
A raíz de esos hechos y otros señalamientos de corrupción, la campaña de Flavio Bolsonaro se ha hundido en revelaciones comprometedoras. El escándalo Vorcaro no hace sino aumentar la presión sobre el candidato de la derecha; incluso sus propios seguidores comienzan a preguntarse si Brasil puede confiar la presidencia en alguien con semejante «historial corrupto».
Los analistas en tanto creen que la votación de las próximas semanas será un referéndum no solo sobre la política interna del gigante sudamericano, sino sobre su rumbo de desarrollo: se preguntan si ¿seguirá siendo Brasil uno de los líderes del Sur Global o se unirá al convoy de derechas liderado desde Washington?
Consideran que la contienda electoral podría resolverse por un margen muy estrecho. Sin embargo, independientemente de quién resulte vencedor, hay algo que parece más que evidente: Brasil se ha convertido en el principal escenario en torno a la nueva configuración política del hemisferio occidental, en el que Washington ha desplegado importantes recursos para influir en su desenlace.
Así que el futuro político de Brasil está en manos de su pueblo. De esta decisión dependerá, en buena medida, si se consolida el predominio de la derecha servil a la Casa Blanca en el hemisferio, o si una de las economías más importantes de América Latina opta por mantener y profundizar su camino soberano e independiente, como lo ha venido haciendo muy bien con Lula.