Netanhayu, un nuevo Herodes

 

Izquierda Castellana | Pueblo Comunero

Herodes el Grande fue nombrado por el Senado romano como “rey de los judíos” hacia el 37 a. C, con dominio sobre los territorios de Judea, Samaria, Galilea e Idumea, lo que le convirtió en un gobernante vasallo del poder establecido en el Mediterráneo por el imperio romano (aún por entonces en su forma republicana).

Personaje siempre ambicioso, puso fin a la dinastía precedente gracias a la inestimable ayuda de Roma, fundando la suya propia. Lo cierto es que desde la metrópoli el principal interés para poner bajo su control este territorio fue el de establecer una avanzadilla que les permitiese desarrollar la guerra contra los partos, instalados sobre los territorios mesopotámicos e iraníes.

Para la mayoría de nuestra sociedad, el personaje de Herodes resulta familiar gracias a sus referencias en el Nuevo Testamento. Cuenta el Evangelio de Mateo que, enfurecido el rey por las noticias de los sabios de su corte que vaticinaban la aparición de un formidable rival en Belén (uno llamado a reinar sobre Israel y más allá), mandó matar a todos los niños menores de dos años en dicha población.

Sin embargo, José, María y Jesús ya habían huido a Egipto tras recibir una “advertencia celestial” del peligro que se cernía sobre ellos. Existe diversidad de opiniones entre los historiadores contemporáneos acerca de la veracidad de la masacre relatada en el Evangelio, puesto que Josefo, uno de los más reputados cronistas judíos de la época, especialmente crítico con la figura de Herodes el Grande, no llegó a mencionar este suceso en sus escritos.

Algunos expertos sostienen que, de haberse producido la ejecución de los infantes, Belén tendría entonces una población tan reducida que se habrían visto afectados un limitado número de niños, lo que explicaría la ausencia de estos hechos en los relatos históricos.

Fuera como fuese, el nombre de Herodes el Grande ha pasado a la cultura popular occidental como el de un tirano infanticida, debido a la difusión que le dio el cristianismo triunfante al motivo bíblico de la Matanza de los Inocentes, de gran éxito entre los fieles. De lo que jamás cabrá duda alguna es sobre la gravedad del infanticidio perpetrado en 2023 por Netanyahu, retransmitido en directo día a día a pesar de las dificultades que impone la censura sionista.

Netanyahu dirige en la actualidad, como primer ministro del Gobierno Israelí, al ejército que ha situado escuelas y hospitales como objetivos militares y ha acabado con la vida de miles de niños en Gaza, al menos cinco mil 600 hasta la fecha, solo desde el 7 de octubre. Cientos de ellos murieron tras permanecer horas bajo los escombros, sin que los servicios de rescate pudieran trabajar en salvarlos por falta de medios.

El terror se desplazó hasta los recién nacidos, falleciendo algunos en incubadoras sin funcionamiento, e incluso hasta los no natos, que vieron por vez primera el mundo a través de cesáreas practicadas a sus madres sin anestesia. El personal sanitario, desprovisto de los recursos materiales y medicamentos necesarios desde hace semanas, solo está pudiendo prestar una heroica pero muy deficiente asistencia en lo que queda de la red hospitalaria gazatí.

Como Herodes, también Netanyahu actúa bajo el paraguas de impunidad que le asegura su estatus de “rey vasallo” del gran Imperio que lo sostiene como avanzadilla en la región, disfrutando del respaldo y la abierta complicidad de otros caudillos serviles a la misma autoridad suprema angloamericana.

La categorización de Netanyahu como un nuevo Herodes ensoberbecido y ciego de ira y temor, rodeado de un “sanedrín” de ministros fascistas y tertulianos mesiánicos que celebran las matanzas de niños, es de un gran potencial; el presidente colombiano, Gustavo Petro, también ha utilizado esa comparación hace unos días. La imagen del sionismo quedará para siempre vinculada a este intento de aplicarles una “solución final” a los palestinos hacinados en el campo de exterminio de Gaza. Lo cierto es que las comunidades sionistas primero, y el Estado de Israel después, nunca han dejado de cebarse con la infancia palestina.

No es casualidad que uno de los símbolos más icónicos de la lucha palestina sea precisamente el Handala, caricatura de un niño refugiado de diez años que, descalzo y con ropa harapienta, observa de espaldas al espectador la tragedia que le ha sido impuesta a su pueblo por el imperialismo. Su autor, Naji al Ali, se representaba de este modo a sí mismo dejando atrás su patria durante la Nakba (Tragedia) de 1948. Al Ali murió asesinado en Londres en 1987, casi con toda seguridad a manos del Mossad.

Durante la Primera Intifada, conocida como la de las Piedras (1987-1995), se hicieron populares las fotografías de niños lanzando adoquines a inmensos tanques, una representación muy elocuente de la desigual lucha entre David y Goliat. En esta Intifada se calcula que fueron asesinados 300 menores de 16 años; en la Segunda Intifada (2000-2008), mucho más sangrienta que la primera, ese número se multiplicó.

Los posteriores y reiterados bombardeos a la Franja de Gaza en 2006, 2008, 2009, 2012 y 2014 -que incluyeron el uso de fósforo blanco- se cobraron la vida de un millar de menores y dejaron a miles más heridos, mutilados y traumatizados psicológicamente. Los muchachos que sobrevivieron a esta serie de ataques contra los campamentos y ciudades de la Franja de Gaza de la década anterior son hoy los jóvenes de entre 20 y 30 años que alimentan la resistencia.

Según datos de Amnistía Internacional, anualmente son detenidos entre 500 y 700 niños por las fuerzas israelíes. Israel es el único Estado del mundo donde los menores son juzgados por tribunales militares, acabando un buen número de ellos encarcelados por el Régimen de apartheid sionista; se trata de un cruel método para disciplinar mediante el terror al conjunto de la sociedad.

El 20 de noviembre de 1959 se aprobó por unanimidad en la ONU la Declaración de los Derechos de los Niños y Niñas. Sus diez principios son:

1. El derecho a la igualdad, sin distinción de raza, religión o nacionalidad.
2. El derecho a tener una protección especial para el desarrollo físico, mental y social del niño.
3. El derecho a un nombre y a una nacionalidad desde su nacimiento.
4. El derecho a una alimentación, vivienda y atención médica adecuados.
5. El derecho a una educación y a un tratamiento especial para aquellos niños que sufren alguna discapacidad mental o física.
6. El derecho a la comprensión y al amor de los padres y de la sociedad.
7. El derecho a actividades recreativas y a una educación gratuita.
8. El derecho a estar entre los primeros en recibir ayuda en cualquier circunstancia.
9. El derecho a la protección contra cualquier forma de abandono, crueldad y explotación.
10. El derecho a ser criado con un espíritu de comprensión, tolerancia, amistad entre los pueblos y hermandad universal.

Es evidente que la infancia palestina ve sistemáticamente violados todos sus derechos por el Estado de Israel. El pasado 20 de noviembre de 2023 el secretario general de la ONU, António Guterres, denunciaba en este contexto conmemorativo del Día Internacional de la Infancia lo que considera “una matanza de niños” sin precedentes en la historia.

En cualquier caso, mientras la institucionalidad y los aparatos de poder en los Estados occidentales contemporizan con los crímenes del sionismo, sus sociedades practican de una manera creciente el internacionalismo. Un hecho que ha irritado enormemente a las terminales mediáticas y de propaganda de Israel más allá de sus fronteras ha sido la serie de convocatorias solidarias en institutos y colegios, promovidas desde diferentes agentes de la comunidad educativa (profesorado, alumnado, familiares, etc.).

Desde esta comunidad, conjuntamente con el personal sanitario, están llamados a jugar un papel de especial protagonismo a nivel internacional para lograr que se respeten los derechos de la infancia palestina, pisoteados por el sionismo. En uno de los vídeos más emotivos que se han grabado durante estas semanas en Gaza se ve a un hombre señalando a unos muchachos y relatando cómo cada uno de ellos ha perdido su casa, a su familia y la forma de vida despreocupada que le es propia a los niños del resto del mundo:

“¿Cómo podremos sacar el odio de sus corazones?”, reflexiona ante la cámara. Solo el fin de cien años de injusticias acumuladas podrá enfriar el fuego en las venas de los palestinos.

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