“No tenemos derecho a otro fracaso en el camino de la paz”

En su mensaje, el Papa se refirió al proceso de pacificación de Colombia, sobre el que se está negociando en La Habana. La presidenta Cristina Fernández siguió el discurso desde la primera fila, junto a Raúl Castro.

 

El papa Francisco dio ayer su primera misa en Cuba, ante una multitud calculada en 200 mil personas reunidas en la emblemática Plaza de la Revolución, con dos mensajes. En su homilía habló sobre la necesidad de servir a los demás y destacó que “nunca el servicio es ideológico, ya que no se sirve a ideas, sino que se sirve a las personas”. En el cierre, más político, el Papa dijo que se sentía el deber de pensar en “la querida tierra de Colombia” y su farragoso proceso de paz cuyo escenario de negociaciones es, justamente, La Habana. “No tenemos derecho a permitirnos otro fracaso más en este camino de paz y reconciliación”, avisó Francisco. La presidenta Cristina Kirchner siguió la misa desde la primera fila, sentada junto al anfitrión, Raúl Castro. Luego de la ceremonia, en un encuentro con mucho de simbólico, el papa Francisco se reunió con el líder de la Revolución Fidel Castro, con quien intercambió obsequios. Cristina Kirchner vio a Fidel por la tarde, antes de retornar a la Argentina (ver páginas 8 y 10-11).

Semanas atrás, los representantes de las FARC habían pedido a los obispos de Colombia que intercedieran ante el Papa para que los reciba durante su paso por La Habana. Desde hace casi tres años mantienen complicadas negociaciones con los representantes del gobierno de Juan Manuel Santos, con algunos avances pero también varios retrocesos. El Vaticano había avisado que no veía factible lo del encuentro, pero eso no significó que Francisco se olvidara de la cuestión. “Que la sangre vertida por miles de inocentes durante tantas décadas de conflicto armado, unida a aquella de Jesucristo en la cruz, sostenga todos los esfuerzos que se están haciendo, incluso en esta bella isla, para una definitiva reconciliación”, pidió el Papa.

Fue en el cierre de la ceremonia, cuando el sol subía y ya amenazaba con incendiar las miles de almas allí reunidas, con abrumadora mayoría de cubanos pero también algunos fieles de otras partes del mundo, principalmente latinoamericanos según podía distinguirse por las banderas, varias argentinas. Muchos llegaron cuanto todavía era de noche, bajando de las guaguas que los traían desde localidades cercanas y distintas barriadas habaneras hasta el centro. De ahí una extensa caminata por la Avenida de los Presidentes, con alguna parada en las carpas instaladas para conseguir algo para comer. “Cómprate otro refresquito, mira que el hombre va a hablar”, le advertía una madre a su hijo. Es la otra economía, la de los pesos cubanos, que valen 25 veces menos que los convertibles con el dólar, los CUCs, con los que se mueven los turistas. El refresco grande estaba 10 pesos. Para comer vendían bolsas tipo snacks de queso, de ajo o de maíz. Nada se veía muy saludable, sobre todo a esa hora.

La plaza estuvo dividida por vallados a través de los que luego circularía el papamóvil. Las imágenes de Camilo Cienfuegos y del Che Guevara que presiden la plaza todavía estaban iluminadas. Cada grupo se fue acomodando de acuerdo con su preferencia, no necesariamente adelante. En las esquinas repartían las banderitas cubanas y vaticanas que le darán color a la ceremonia, porque la gente llegaba mayormente sin banderas ni carteles. El último vallado, el más cercano al escenario, sólo lo podían franquear quienes tenían un pase. No eran pocos, sino los miles que pertenecen a las comunidades –nuestras parroquias– católicas. Uno de ellos, José Luis Crespo, con la camiseta argentina con el 10 en honor a la visita papal. “Messi es mi ídolo. Bueno, no, el primero es Dios, el segundo es Messi”, aclaraba. Junto a su mujer, contaba que habían llegado en una caravana de buses viajando toda la noche desde el municipio de Mantua. La coincidencia entre los integrantes de estos grupos católicos era que en los últimos tiempos se notaba en la isla una mayor apertura para la práctica de la religión. Incluso, se veían entre ellos muchos jóvenes, como los de la comunidad de Sant Egidio, con cortes de pelo modernos, gorritas y bermudas, de los más ruidosos. Un poco más allá, cómo no, una chica levantaba un estandarte hecho con una camiseta de San Lorenzo. Era cubana y se llamaba Dunet. “La trajo ella, que es una amiga mexicana”, explicaba. La señora de México contaba que su hija la compró por Internet a la Argentina y se la enviaron. De Boedo al DF, de ahí a la Plaza de la Revolución.

Previsores, los cubanos llevaron paraguas, gorras y botellas de agua helada para soportar el calor. Raúl Castro concurrió de guayabera, Cristina Kirchner se vistió de blanco y llevó una capelina para el sol. Ya pasadas las 8, hizo el ingreso el papamóvil, que comenzó un extenso recorrido por toda la plaza a ritmo salsero. “Está brillando la luz/ una luz en el camino/ para llegar a Jesús/ de la mano de Francisco”, sonaba por los parlantes. El sonido era bueno en toda la plaza. Ahora, el escenario, austero, era poco elevado y desde atrás la visión se hacía dificultosa. No había pantallas gigantes.

La ceremonia fue seria y la gente la siguió con atención. La delicada musicalización corrió por cuenta de la Orquesta Escuela de la Universidad de las Artes. El color que predominaba en los atuendos, incluido el Papa, los obispos y los integrantes del coro, fue el verde. En el Vaticano aseguran que Francisco preparó personalmente los 26 discursos que dirá en esta gira que incluirá Estados Unidos. La primera homilía la dedicó a la vocación al servicio. “Quien quiera ser grande, que sirva a los demás, no que se sirva de los demás”, sostuvo, para concluir: “Quien no vive para servir, no sirve para vivir”.

Al término de la misa, habló el arzobispo de La Habana, el cardenal Jaime Ortega, quien con su voz de barítono le agradeció las gestiones para “la renovación de las relaciones” entre Cuba y Estados Unidos, proceso en el que el propio Ortega fue protagonista. “Que este proceso se extienda no sólo a los altos niveles políticos, sino que alcance a los pueblos, y muy especialmente a nuestro pueblo cubano que vive aquí y en Estados Unidos”, sostuvo el cardenal.

Las autoridades calcularon la asistencia en 200 mil personas, más que los reunidos por Juan Pablo II y Benedicto XVI en el mismo sitio.

A los primeros que saludó Francisco al bajar del escenario fue a Raúl Castro y a Cristina Kirchner. Desde allí, el Papa partió hacia la Nunciatura, donde tenía previsto el encuentro con Fidel. Y fue sólo el inicio de una jornada cargada de actividades que incluyó una reunión con el presidente Raúl en el Palacio de la Revolución, que se extendió por casi una hora. Según comentaría luego el vocero vaticano, Federico Lombardi, uno de los temas que trataron fue la situación de Venezuela, en donde quedó planteada la necesidad de diálogo para alcanzar la reconciliación en el país.

En la Catedral, en medio de La Habana Vieja, donde compartió una plegaria junto a sacerdotes y religiosos, el Papa escuchó los mensajes previos del cardenal Ortega y de una monja, y avisó que dejaría de lado el discurso que tenía escrito e improvisaría. Esos momentos, en los que el Papa adopta un tono coloquial, casi de cura de barrio, es cuando logra captar la mayor atención del auditorio. El tema era la pobreza. “La riqueza pauperiza. La Santa Madre Iglesia es pobre. Dios la quiere pobre”, afirmó Francisco. Ironizó sobre las congregaciones que se enriquecen y luego pierden todo por culpa de los malos manejos. “Las mejores bendiciones de la Iglesia son los economistas desastrosos”, dijo.

El cierre fue junto a los jóvenes, en el Centro Cultural Pedro Varela, la otra actividad multitudinaria prevista para ayer. El Papa volvió a la improvisación luego del enfático discurso del joven Leonardo Fernández, que imaginó “un futuro de cambio” para Cuba, donde los cubanos convivan en paz “piensen como piensen y estén donde estén”. Francisco tomó nota mientras hablaba, caía una fina llovizna. “La enemistad social destruye. Una familia se destruye, un país se destruye”, enumeró. Contrapuso a esta idea la de “amistad social”. “Animémonos a hablar de lo que tenemos en común”, propuso.

“A veces parece cansado, pero cuando empieza a hablar tiene una energía tremenda”, analizaría luego, acertadamente, el vocero Lombardi sobre el día del Papa. Hoy viajará a la localidad de Holguín (ver aparte) y, por la tarde, a Santiago de Cuba, su última escala cubana.

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