A los diez años de la partida física del Comandante Chávez

Por David Romero Feito

ESBOZO DE UN LIDERAZGO INEVITABLE A LA VEZ QUE IMPRESCINDIBLE

“Queridos compatriotas que nos escuchan y nos ven en todo el territorio de la patria y nuestros hermanos del mundo. Hoy, cinco de marzo (…) recibimos la información más dura y trágica que podamos transmitir a nuestro pueblo. A las cuatro y veinticinco de la tarde de hoy, cinco de marzo, ha fallecido el comandante presidente Hugo Chávez Frías”

(Nicolás Maduro)

El 5 de marzo de 2013 el que fuera Vicepresidente Ejecutivo de la República Bolivariana de Venezuela, hoy presidente, Nicolás Maduro Moros, informaba a la opinión pública del fallecimiento del comandante presidente Hugo Rafael Chávez Frías.

Su partida física constituía un hito en el desarrollo del proceso revolucionario bolivariano e inauguraba, tal y como mencionó el presidente Nicolás Maduro durante su mensaje anual ante la Asamblea Nacional el pasado 12 de enero, una nueva etapa. En efecto, con la partida física del comandante Chávez se da inicio a un nuevo ciclo de resistencia intensa y victoriosa [1] del pueblo bolivariano, cuyos éxitos cosechados frente a todos los ataques enmarcados en esta guerra no convencional contra Venezuela sólo pueden explicarse por aquel elemento al que apuntó el propio Chávez en su último mensaje del 8 de diciembre de 2012: la unidad.

Los enemigos internos y externos han intentado por activa y por pasiva tumbar, no sólo a una dirigencia (presidida antes por Chávez y ahora por Maduro), sino a todo un proceso de transformaciones en clave nacional-popular y democrática para devolver a la nación latinocaribeña a los largos y oscuros tiempos de la IV República y el puntofijismo, en donde unas oligarquías apátridas regalaban la soberanía e independencia nacional a cambio de seguir acaparando posiciones de clase privilegiadas frente a un pueblo olvidado y excluido.

Las victorias estratégicas cosechadas en estos últimos diez años por la Revolución Bolivariana, no hacen sino poner de manifiesto que la siembra de Chávez ha acrisolado en algo invencible, a la vez que desafiante para los principales centros de poder imperialistas: un pueblo vivo, con conciencia nacional en clave soberanista y determinado en la construcción de un futuro más digno, que merezca la pena ser vivido.

Fin del puntofijismo: Chávez, el Polo Patriótico y un proyecto de país para salir de la catástrofe histórica

Mucho se ha escrito y dicho acerca de un liderazgo como el de Chávez, no obstante, pocas veces se indaga en la situación socio-política y económica en la que se encontraba Venezuela, y que explica la emergencia y consolidación de una dirigencia y proyecto tan particulares, a la vez que enriquecedores, como los que aquí nos ocupan, con una proyección regional, e incluso mundial.

El modelo puntofijista que hunde sus raíces en 1958 coincidiendo con la caída de la Dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1948-1958) y en donde un arreglo entre élites, las mismas que un año antes suscribieron el Pacto de Nueva York, conformada por Rómulo Betancourt (ala derechista de AD y uno de los principales implicados en el golpe de Estado contra Isaías Medina Angarita en 1945), Rafael Caldera (COPEI), Jóvito Villalba (URD) y la cúpula empresarial, cerró cualquier posibilidad de transitar hacia un escenario verdaderamente democrático, participativo, popular y antiimperialista. En definitiva, un cierre desde arriba para “apaciguar” al país y ahogar, a sangre y fuego, los sentimientos de cambio que lograron proyectarse en amplios sectores de la sociedad venezolana.

Será a partir de la década de los ochenta cuando la hegemonía del puntofijismo comenzará a agrietarse. Durante los primeros años de la mencionada década bajo la presidencia del copeyano Herrera Campíns, la situación económica en el país se caracterizaba por tener cifras que apuntaban a cerca de un 80% de la población en situación de pobreza, una elevada deuda externa, además de elevadas tasas de desempleo y una aguda depresión económica [2]. Dificultades económicas a las que se sumaron la corrupción estructural y la pésima gestión llevada a cabo respecto a la renta petrolera del país.

Esta crisis económica, a la que ni Campíns ni el adeco Lusinchi supieron dar respuesta, terminó complementándose con una aguda crisis social que hizo su aparición pública el 27 de febrero de 1989, a pocos días de que Carlos Andrés Pérez tomara posesión de su segundo mandato como presidente de la República. A este respecto, el Caracazo o Sacudón que surge como reacción al acuerdo auspiciado entre Carlos Andrés Pérez y el Fondo Monetario Internacional, pero también por el cansancio acumulado de promesas incumplidas y sin apenas canales de participación real para expresar las demandas sociales frente a los poderes públicos, constituyó un punto de inflexión en cuanto a pérdida de legitimidad del sistema político puntofijista, pues la abstención electoral tendió a incrementarse, los medios de comunicación verían desdibujarse su poder disuasivo y la élite política quedaría sin público [3]. Frente a aquella situación, el gobierno optó por incrementar la represión, suspendiendo las garantías constitucionales y masacrando a aquellos condenados de la tierra que diría Fanon. Algo que marcaría y dejaría una profunda huella en la conciencia política de Chávez, como él mismo reconocería.

Si en la insurrección popular del 27-28 de febrero de 1989 faltó la dirección política, esta vino el 4 de febrero de 1992 cuando un grupo de jóvenes oficiales, recogiendo el testigo de ilustres nacionales como Guaicaipuro, Simón Rodríguez, Simón Bolívar, Ezequiel Zamora, Sucre, Misanta o Trejo, intentaron materializar una unión cívico-militar revolucionaria para salir del atolladero en el que se encontraba Venezuela. Fue ahí cuando un joven coronel nacido en Sabaneta, pronunció dos palabras que auspiciaron la victoria estratégica de aquel movimiento: por ahora.

Por tanto, es a partir de 1989 cuando el modelo adecopeyano entró en aquello que el propio Chávez nombró como catástrofe histórica, todo un conjunto de crisis (económica, moral, social, militar, de representatividad…) a las que los actores protagónicos de aquel sistema político fueron incapaces de afrontar y dar posibles soluciones. Con el torrente soberano desbordado, Chávez y el Polo Patriótico [4] tuvieron la inteligencia de proyectar un programa de país con el que poder vehiculizar y dar una salida consensuada y pacífica a toda aquella situación. Un programa basado en principios como la recuperación y defensa de la soberanía nacional, el anti-neoliberalismo y, fundamentalmente, la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente para desembocar en un nuevo escenario, inclusivo y participativo.

Chávez: soberanismo y papel protagónico de las mayorías

La Revolución Bolivariana constituyó la primera alternativa de poder frente a la hegemonía unipolar del modelo neoliberal promocionado por la potencia vencedora en la llamada Guerra Fría. Basada en el Árbol de las Tres Raíces (Rodríguez-Bolívar-Zamora) y con un estilo propio, materializando aquello que diría Robinson de “inventamos o erramos”, supuso la reinvención y resignificación de lo nacional [5] proyectando los elementos de la venezolanidad y el bolivarianismo y en el que los excluidos serán ahora los actores protagónicos en cuanto a la articulación, práctica democrática y toma de decisiones.

Tras permanecer dos años en prisión como consecuencia de la fallida insurrección del 4F, Chávez optará por dar un giro de 180 grados a su estrategia política. De ahora en adelante, el camino para alcanzar parcelas de poder que permitiera transitar hacia un nuevo marco nacional sería el político-electoral. Así, el comandante Chávez se lanzó de lleno con su formación Movimiento V República (MVR) a la contienda electoral prevista para el año 1998, desterrando viejas dinámicas como la ya mencionada vía insurreccional o el llamado a la abstención.

Frente a un modelo de país agotado, el MVR/Polo Patriótico optó por priorizar en el elemento de la Constituyente como medio para reconstruir y relegitimar al Estado y los poderes públicos. Es decir, plasmar un nuevo contrato social e ir a una Transición integral, proyectada en el campo político, dejando atrás un modelo excluyente y oligárquico; económico, pasando de una economía rentista-petrolera a otra de carácter nacional y productiva; y por último en el social, para paliar la dura situación en la que se encontraba un sector nada despreciable de la sociedad venezolana. En este mismo sentido, convendría recordar que, cuando Chávez llega a Miraflores, había hasta más de un 80% de pobreza, un 15% de desempleo y otro 15% de pobreza marginal [6]. Unas cifras que la Revolución Bolivariana logró rebajar al priorizar en la inversión pública en lo social. Algo que se tradujo, por ejemplo, en la erradicación del analfabetismo gracias al trabajo desarrollado por la Misión Robinson, tal y como reconoció la UNESCO en 2005 [7].

A pesar de toda la guerra mediática, pues los ataques contra Chávez y la Revolución Bolivariana comenzaron desde el mismo momento en que anunció su intención de disputar la presidencia de la República, y las artimañas legislativas, como aprobar una Ley de Sufragio en 1998 con la que se contemplaba una convocatoria electoral de carácter regional previa a las presidenciales con el claro propósito de reforzar a los viejos partidos y desgastar la opción de Chávez [8], el Polo Patriótico logró cosechar hasta un 56,20% de los votos [9]. Una primera y contundente victoria popular ante un sistema en el que, la máxima “acta mata voto”, logró condicionar todas y cada una de las contiendas electorales.

En su primer discurso como presidente electo, pronunciado el 2 de febrero de 1999, Chávez ya puso en conocimiento de toda la nación su determinación por materializar los compromisos adoptados para con su pueblo, y el más importante de todos ellos: la firma del Decreto llamando a referéndum para ir a la Constituyente. Chávez y la Revolución Bolivariana inauguraban una nueva Venezuela ya que, por primera vez, un presidente que era y venía del pueblo, abría las puertas a la participación popular, con el propósito de construir y consolidar un Estado realmente inclusivo, democrático y garante de las riquezas y recursos estratégicos.

Tras sendos referéndums nacionales llevados a cabo el 25 de abril, en el que el  a la Constituyente contó con el 87,75% [10], y el 15 de diciembre de 1999 respectivamente, en este último caso para aprobar la nueva Carta Magna, que logró hasta más del 70% de respaldo popular, con elecciones a Asamblea Constituyente inclusivas, huelga decir que nunca antes en la historia política de Venezuela se había dado mayor movilización y consulta popular, el modelo puntofijista quedaba atrás. Ahora, los históricamente invisibilizados y oprimidos tomaban en sus manos el tesoro más preciado que Chávez reivindicó hasta sus últimas consecuencias: la construcción de una nueva patria.

Cipayos monroístas, ataques y consolidación del proceso bolivariano 

Se suele decir que a cada acto revolucionario le viene la reacción de la contrarrevolución. En el caso de Venezuela, resulta más que evidente el intento desesperado por parte de los cipayos monroístas por acabar con una Revolución que ha logrado anteponer, por encima de intereses privados y particulares, los intereses nacionales y populares, redistribuyendo la renta y nacionalizando buena parte de su aparato económico-productivo, sin menospreciar su proyección geopolítica al retomar el sueño del Libertador Simón Bolívar de construcción de la Patria Grande, fundiendo el principio del soberanismo con la práctica del internacionalismo consecuente. Todo un desafío para los sectores más radicales y alejados del sentir nacional encuadrados en la oposición, así como para los centros de poder (principalmente para los Estados Unidos de Norteamérica).

Si el comandante Chávez ya representaba un serio desafío para las viejas élites y estructuras de poder puntofijistas, al hablar abiertamente de la necesidad de abrir una nueva etapa en Venezuela más inclusiva y en la que los sectores populares tuvieran un papel protagónico y participativo en la toma de decisiones, la aprobación de las 49 leyes enmarcadas en la Habilitante de 2001, entre las que se encontraban una Ley de Tierras, otra de Hidrocarburos, así como de Pesca, constituyó el punto de partida para la puesta en marcha de esta guerra híbrida o no convencional llevada a cabo contra el pueblo venezolano que dura hasta nuestros días. Con esta Habilitante, la Revolución Bolivariana comandada por el presidente Chávez lanzó un mensaje claro y directo a las fuerzas imperialistas que, históricamente, venían interviniendo en los asuntos internos de Venezuela: somos un pueblo soberano, con capacidad para decidir sobre nuestra economía y nuestros recursos. Algo intolerable para los Estados Unidos de Norteamérica y sus cipayos monroístas, acostumbrados a hacer de Venezuela su coto particular.

La reacción hacia aquella legislación revolucionaria no se hizo esperar y el 11 de abril de 2002, el presidente Chávez tuvo que afrontar el primer golpe de Estado contra él y su proyecto. De nuevo, tal y como ocurrió durante el final de la Dictadura de Marcos Pérez Jiménez, el Caracazo, el 4F y el 27N de 1992 o la campaña electoral de 1998, dos proyectos antagónicos dibujaban dos modelos de país: el popular, democrático, protagónico, participativo, soberano y antiimperialista; y el de las minorías, excluyente, oligárquico, caciquil y subordinado a los intereses extranjeros.

A este golpe político y mediático, pues ya ha quedado en la conciencia colectiva aquella máxima lanzada por Víctor Manuel García, el que fuera presidente de la encuestadora CECA en tiempos en que se produce el golpe contra Chávez, de “gracias medios de comunicación” [11], le sucedió el sabotaje petrolero entre diciembre de 2002 y febrero de 2003, esta vez, con el claro propósito de ahogar económicamente al país y forzar así la caída del gobierno revolucionario bolivariano. Esta fue la respuesta del extremismo opositor al llamado de dialogo que Chávez realizó nada más retomar a Miraflores tras el fracaso de la intentona golpista. Sin embargo, lejos de quebrar el espíritu combativo del pueblo venezolano, estos escenarios de violencia desatados por los sectores radicales de la oposición, no hicieron sino desarrollar aún más la conciencia y organización popular, que son la verdadera gasolina para salvar tanto la Revolución Bolivariana como los compromisos asumidos por la misma.

Fracasada la vía del golpismo directo, la siguiente carta que intentaron jugar los cipayos del monroísmo fue la constitucional pues, si algo ha caracterizado a la acción política de estos sectores, es la utilización torticera y oportunista de la legalidad constitucional bolivariana. Así, en 2004 optaron por recurrir a la figura del referendo revocatorio contemplado en el artículo 72 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela [12] con el mismo propósito: la salida del presidente Chávez. Si algo puso sobre la mesa aquel proceso fue el conjunto de irregularidades que la oposición llevó a cabo, como por ejemplo la duplicación de firmas para presentar dicho revocatorio. No obstante, Chávez aceptó con entereza y deportividad democrática aquel nuevo desafío, consciente de que aquel revocatorio no haría sino reforzar el respaldo y la legitimidad con la que ya contaba el proceso de cambio puesto en marcha en el país (además de demostrarlo de puertas para afuera)  y el 15 de agosto de 2004 se patentizó una nueva victoria popular al imponerse aproximadamente el No con el 59,95% de los votos frente al 40,34% que obtuvo la opción del Sí [13]. La oposición reaccionó torpe e ineficazmente a su propia convocatoria, denunciando irregularidades en el proceso y desconociendo los resultados a pesar de que organismos como la OEA y observadores internacionales como el propio Carter otorgaron reconocimiento a los mismos. Una ceguera política que terminaría demostrándose nuevamente en el llamado al boicot de cara a las elecciones legislativas de 2005, donde el chavismo se alzó con una contundente mayoría parlamentaria al no contar con unos adversarios lo suficientemente maduros como para confrontar en términos políticos e ideológicos sus respectivas propuestas de país (en caso de tener alguna).

Lo más llamativo de todo es que, cada ataque hacia el proceso revolucionario en Venezuela, era respondido con mayor organización y empoderamiento popular, lo que le aporta un valor innegable. Por su parte, el chavismo supo sacar las enseñanzas pertinentes de todos aquellos hechos y en concordancia con las enseñanzas del maestro Simón Rodríguez (forjando una identidad propia) y del agitador revolucionario Ezequiel Zamora (tierra y hombres libres) la Revolución Bolivariana abrió una nueva fase histórica: la del socialismo bolivariano del siglo XXI. Un modelo creado por y desde las raíces latinoamericanistas y venezolanas para poder avanzar en el camino emprendido de emancipación.

De esta forma, Chávez no sólo dio una bofetada en clave de resistencia nacional a los enemigos de Venezuela y sus estrategias de desestabilización, acoso y derribo, sino también a todos aquellos que suscribieron ciegamente la falacia teorizada por Francis Fukuyama sobre “el fin de la historia”, pues la categoría del socialismo, que se creía ya olvidada, volvía nuevamente a ondear en el horizonte gracias a un proceso que fue progresivamente consolidándose frente a todos los ataques e injerencias habidas y por haber.

Partida física del comandante Chávez, nuevas arremetidas golpistas y resistencia nacional

El 8 de diciembre de 2012 tras haber cosechado hasta el 55,26% de los votos [14] en las elecciones presidenciales celebradas el 7 de octubre de aquel año, ratificando así su cuarto mandato presidencial y después de impulsar las líneas generales enmarcadas en lo que se conoció como “Golpe de Timón” con el propósito de profundizar en la construcción del socialismo bolivariano y del poder popular, Chávez realizaba la que sería su última comparecencia pública. Chávez que siempre se caracterizó por su visión y acción estratégica de las cosas, preparó a su equipo y al pueblo bolivariano ante un posible escenario en el que él ya no estuviera y apeló a un elemento imprescindible para cualquier movimiento que se diga revolucionario, como es el de la unidad para poder enfrentar todos y cada de los ataques que los cipayos monroístas tratarían de llevar a cabo (como así hicieron) contra la República Bolivariana de Venezuela.

Pocos meses después de aquel mensaje el comandante partía, pero sus enseñanzas, valores, principios y espíritu combativo permanecieron, acrisolándose en una conciencia cívica-popular, nacionalista, socialista y antiimperialista que ha sido una de las principales lanzas de emancipación frente a la barbarie imperialista y su lógica de explotación y expolio. Ha sido esta conciencia nacional la que ha logrado enfrentar y derrotar la estrategia de golpe de Estado permanente que los extremistas alejados del sentir e interés nacional, en sintonía directa con Washington y sus aliados, han pretendido llevar a cabo contra la Patria del Libertador en estos últimos diez años ya que, desde su errático punto de vista, la partida física de Chávez suponía una ventana de oportunidad para dar el jaque mate al proceso revolucionario y socialista bolivariano y volver hacer de Venezuela una colonia como ya ocurrió en tiempos de la IV República.

Tiene razón el presidente Nicolás Maduro cuando, desde una visión certera de la situación, calificó de “resistencia intensa y victoriosa” este tercer período de la Revolución Bolivariana que dio inicio con la partida física de Chávez. La ofensiva del cipayismo monroísta se podría dividir en dos espacios temporales. El primero de ellos entre los años 2014-2017 cuando los guarimberos y neofascistas (muchos de ellos vinculados posteriormente con Guaidó y su gobierno fake), junto con una Asamblea Nacional de mayoría opositora, irrumpieron en la escena política arremetiendo contra la paz y la estabilidad desplegando una violencia premeditada contra instituciones y bienes de interés público o asesinando a ciudadanos a los que acusaban simplemente de ser chavistas como el caso del joven Orlando Figuera [15]. A aquella estrategia de la tensión en clave interna, se le sumó la guerra económica y el cerco político-diplomático desplegados por los Estados Unidos de Norteamérica en colaboración directa con sus socios regionales y europeos.

Aunque Donald Trump puso el pie en el acelerador en la guerra económica pensada para asfixiar a Venezuela, firmando decretos adicionales, además de incentivar todo tipo de planes injerencistas con el propósito de menoscabar la soberanía venezolana, tal y como ha reconocido el que fuera su secretario de Estado Mike Pompeo en su libro Never Give an Inch [16], no hay que olvidar que quien abrió realmente las puertas a la batería de medidas coercitivas con las que se sigue castigando a la nación latinocaribeña (hasta la fecha van ya 928 sanciones) fue el Premio Nobel de la Paz (sic) Barack Obama con su famoso Decreto del 8 de marzo de 2015 (también conocido como “Decreto Obama”), a través del cual se declaraba a Venezuela como “una amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional y la política exterior de los Estados Unidos de América”, generando con ello un marco propicio con el que poder justificar el castigo colectivo contra todo un pueblo por no renunciar a su libre autodeterminación, pues la víctima principal de toda esta guerra económica desatada es la propia sociedad venezolana, tal y como reconoció públicamente la que fuera relatora especial de Naciones Unidas Alena Douhan [17].

No obstante, Maduro supo reaccionar ante aquella primera ofensiva desplegada por los Estados Unidos de Norteamérica y sus correligionarios y el Primero de Mayo de 2017, Día Internacional de los Trabajadores, realizó un movimiento estratégico de primer nivel para poder salir de la situación de violencia y bloqueo en el que se encontraba el país convocando al poder originario constituyente, amparándose en los artículos 347, 348 y 349 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela [18] a fin de evitar una guerra civil. En efecto, la Asamblea Nacional Constituyente instalada en agosto de 2017 fue vital para sobreponerse a toda aquella situación a la que los violentos llevaron al país, reforzando para ello la legitimidad de los poderes constitucionales y desarrollando las labores necesarias para romper el cerco legislativo y conducir por el camino del funcionamiento, la estabilidad y la gobernabilidad  a la nación, todo ello en un contexto especialmente virulento con episodios como la guerra de precios y el desabastecimiento inducidos.

Nicolás Maduro volvió a ser ratificado como presidente de la República Bolivariana de Venezuela en las elecciones del 20 de mayo de 2018 por el 67,84% del voto popular [19], no obstante la oposición extremista y las fuerzas que fagocitaron el cerco político y diplomático como la propia OEA, el Grupo de Lima o la UE optaron por recurrir al mismo guion del no reconocimiento de dichos resultados, tratando con ello de deslegitimar aquella convocatoria y el 23 de enero de 2019, día emblemático en la historia de Venezuela, ya que un 23 de enero de 1958 cayó la Junta Militar de Marcos Pérez Jiménez, un congresista de aquella Asamblea Nacional opositora en pie de guerra contra el poder Ejecutivo se autojuramentó como “presidente encargado de Venezuela”.  Daba comienzo así el segundo espacio temporal de la arremetida golpista (2019-2021) contra el gobierno constitucionalmente establecido de Nicolás Maduro, esta vez, incorporando una nueva variable en el esquema de esta guerra no convencional como es el de los poderes paralelos (ya ensayada en otros escenarios en los que el imperialismo angloamericano trató de imponerse para ganar en posiciones geoestratégicas). Inmediatamente después de hacerse esta autojuramentación, la mal llamada “comunidad internacional” (USA y sus aliados) salió públicamente respaldando al “nuevo encargado” y exigiendo gansterilmente, como en el caso de Pedro Sánchez, al presidente Maduro la convocatoria de nuevas elecciones [20] vulnerando así el principio de no injerencia que es el que ha de primar en el Derecho y las relaciones internacionales. Los mismos actores que el 11 de abril de 2002 tuvieron un papel protagónico en el golpe de Estado contra Chávez (incluyendo, por supuesto, a una gran parte de los medios de comunicación españoles) se conjugaban nuevamente para abrazar a un usurpador de la voluntad popular. Efectivamente, tomando prestada la expresión de Karl Marx plasmada en una de sus obras más célebres, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, la historia se presentaba como tragedia y como farsa.

Ni que decir tiene que esta aventura encargada a Guaidó y sus acólitos (el ya acabado G4), pues si de algo ha sido realmente encargado el pretendido “presidente” es de desplegar todos y cada uno de los ataques organizados por los Estados Unidos de Norteamérica y sus satélites contra la Patria de Bolívar, sólo ha servido para profundizar en el drama social padecido por todo el pueblo venezolano en su conjunto ya que, además de exigir el mantenimiento de las sanciones y el bloqueo (lo que se traduce en un empeoramiento de las condiciones de vida), su “gobierno interino” se ha caracterizado por el robo y el despilfarro sistemáticos de los activos venezolanos en el extranjero [21], algo por lo que tendrán que responder y dar cuenta a la nación. Los poderes y grupos de presión internacionales lo apostaron todo al “gobierno interino” con la esperanza de ganar en relevancia política y menoscabar la institucionalidad bolivariana, pero nuevamente se toparon con el compromiso activo de un pueblo para defender su integridad e independencia nacional dejando de manera plena, clara como la luna llena que diría el comandante, que su dignidad no estaba en venta.

David continúa derrotando a Goliat 

A pesar de todos los ataques (económicos, políticos, diplomáticos, comunicacionales, con intentos de magnicidio e invasión de por medio, golpes de Estado…)  enmarcados en un contexto de acoso y derribo permanentes, la Revolución Bolivariana ha continuado reforzándose ya sea mediante la institucionalidad popular a través de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (gracias a los cuales millones de familias pueden adquirir alimentos y paliar las duras consecuencias derivadas de la guerra económica), de las misiones y grandes misiones, el 1×10 del Buen Gobierno (favoreciendo la relación gobierno/pueblo) o mediante la unión cívico-militar de Defensa Integral de la Patria, elemento este último clave para garantizar la permanencia de la democracia participativa y protagónica sobre la que se sustenta el actual sistema político venezolano. En suma, parafraseando a Chávez, un proceso vivo, que camina y demuestra que un pueblo con conciencia y orgullo nacional es inquebrantable.

Erróneamente le subestimaron y Maduro, ganando en legitimidad ante las situaciones más adversas y frente a una oposición extremista, dividida y enrocada en seguir actuando como satélites de Washington contra el interés nacional del país al que dice defender, ha cosechado victorias estratégicas imprescindibles para seguir profundizando en el camino de la construcción del nuevo poder: el poder comunal. Entre estas victorias estratégicas cabrían citar las mejoras económicas obtenidas durante este último año, siendo la economía venezolana una de las que ha obtenido mayor proyección en cuanto a crecimiento tal y como ha reconocido la CEPAL [22], así como la posición que ha vuelto a tener Venezuela en el escenario político internacional, con el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con determinados países que hasta hace unos años estaban en la estrategia injerencista.

Aunque el imperialismo, entendido como proyecto de dominación global, no sacará a la República Bolivariana de Venezuela de su lista negra ya que, como menciona Chomsky en su obra El miedo a la democracia, no hay peor enemigo para las fuerzas imperialistas que aquellos estados asentados en el principio del nacionalismo soberano independiente, soplan nuevos vientos en la escena política regional con la llegada de nuevas dirigencias que probablemente colaborarán en la consolidación y proyección de la Patria Grande, el gran sueño de Bolívar que logró retomar y actualizar Hugo Chávez, lo que ayudaría a que América Latina y el Caribe ocupasen la posición geopolítica que les corresponde; pero también se atisban cambios importantes en la escena global con la emergencia de nuevos actores y centros de poder en un mundo que se encamina inexorablemente hacia una fase multipolar, en la que la República Bolivariana de Venezuela está llamada a realizar aportes importantes en base a esos valores que históricamente la han caracterizado, como son el respeto a la diplomacia, la soberanía de las naciones, el humanismo y la solidaridad con todos los pueblos del mundo.

Chávez emergió en un momento en el que Venezuela agonizaba y, a diez años de su partida física, su proclama de “unidad, lucha, batalla y victoria” sigue resonando en todas las conciencias de quienes luchamos por un mundo más justo e igualitario, haciendo de la Revolución Bolivariana un espejo en el que poder mirarnos y poniendo en valor al mismo tiempo la ardua y ejemplar batalla que el pueblo venezolano está llevando a cabo.

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