Las fronteras de la guerra

 

Fabrizio Casari

* Irán debía ser un paseo, según las fanfarronadas de Trump, pero resultó todo lo contrario. En el plano militar se registra el final de la narrativa hollywoodense, según la cual Estados Unidos – militarmente insuperable aunque no haya ganado ninguna guerra en los últimos setenta años – garantiza la intocabilidad de sus aliados y el castigo de sus enemigos.

Además de los daños económicos – que, como en todas las guerras emprendidas por Estados Unidos, terminan pagando Europa y las petromonarquías del Golfo – la agresión contra Irán por parte de la llamada Coalición Epstein ha desordenado equilibrios que parecían consolidados. El mapa se encamina así hacia una recomposición general de las cartas, tanto en el plano militar como en el político. Todo ello nace de un error de fondo: la idea de que un país como Irán pudiera ser reducido a una colonia que, al final, solo se sostuviera entre una represión insoportable y una disidencia impracticable.

El régimen teocrático de Teherán no goza de una estima generalizada: no tiene aficionados, a lo sumo enemigos y espectadores interesados. Los extraordinarios resultados del sistema socioeconómico en términos de emancipación – que convierten al país en un sujeto diferente de los sistemas tribales predominantes en la región – carecen de peso específico cuando se trata de decidir cómo relacionarse con él. En la evaluación general que precede al “qué, cómo y por qué”, siempre falta un juicio global sobre el país y sobre su población, que en gran mayoría sostiene el sistema.

No existe investigación alguna sobre las causas históricas y, sobre todo, ningún esfuerzo por reconocer su derecho a la autodeterminación, como ocurre siempre y en todo el mundo cuando esta entra en colisión con los intereses de Occidente. Por otra parte, nadie puede mostrarse indiferente – ni mucho menos complacido – ante un gobierno autoritario que se apoya en la centralidad teocrática y en la limitación de los derechos civiles, en particular de los derechos de las mujeres. Pero, francamente, asistir a la indignación permanente de quienes ignoran o incluso celebran a Arabia Saudita, a las petromonarquías o a Turquía – sistemas mucho más autoritarios y de índole represiva – eleva la hipocresía política a niveles insoportables y desacredita cualquier pretensión de equilibrio en el análisis.

La demonización de Irán domina el escenario. En días alternos, los derechos humanos se transforman en regalías y en una operación sistemática de descrédito mediático que lo presenta como un lugar medieval. En ese relato se olvida que fue un imperio con tres mil años de historia, que produjo una de las primeras declaraciones de derechos humanos – el Cilindro de Ciro el Grande, hoy conservado en el Palacio de Cristal de la ONU – y que introdujo el símbolo “X” en las ecuaciones de primer y segundo grado. No estamos hablando de Ucrania, que es un Estado proxy de intereses bélicos, sino de una identidad cultural autónoma y de una influencia política que proviene de lejos y que difícilmente pueda terminar reducida a una actualización del índice Brent.

Debía ser un paseo, según las fanfarronadas de Trump, pero resultó todo lo contrario. En el plano militar se registra el final de la narrativa hollywoodense según la cual Estados Unidos – militarmente insuperable aunque no haya ganado ninguna guerra en los últimos setenta años – garantiza la intocabilidad de sus aliados y el castigo de sus enemigos.

La reacción de Teherán a la agresión israelo-estadounidense golpeó, de hecho, todas las bases estadounidenses y varios centros de extracción y refinación petrolera en el área del Golfo Pérsico. El mensaje fue claro: si prestan su territorio a las bases desde las cuales nos atacan, los consideraremos, con razón, objetivos militares.

Los daños materiales son considerables, especialmente en los Emiratos Árabes Unidos y en Qatar. También el impacto psicológico de los ataques en Dubái – meca del turismo de élite que ahora se revela como una trampa de la que conviene salir – pesa en la evaluación de las consecuencias de la agresión. No solo han sido destruidos edificios que costaron centenares de millones de dólares cada uno y sistemas defensivos que costaron diez veces más; lo más grave es que la red defensiva estadounidense, privada de algunos de sus apoyos logísticos, tuvo que retirar del conflicto al portaaviones Abraham Lincon, alcanzado por drones iraníes desde las primeras horas, un hecho torpemente ocultado a la opinión pública internacional.

Irán ha confirmado estar a la vanguardia en la fabricación de drones de bajo costo y alta precisión. Los Shahed (en persa “mártir”), con los cuales Teherán ha infligido golpes durísimos – aunque frenéticamente censurados por la propaganda occidental – son drones suicidas que cuestan poco, pueden atacar en masa y saturar las defensas antiaéreas, agotar las reservas de munición de esos sistemas y golpear a cientos de kilómetros de distancia. Incluso un sistema THAAD – de altísima tecnología y con un costo de 1.500 millones de dólares – fue alcanzado por un Shahed en los Emiratos. Un arma de un máximo de 60 mil dólares contra otra de 1.500 millones. Los super radares, también destruidos, cuestan unos 1.100 millones cada uno. Pagados en dólares por los emires y ahora también en descrédito por Estados Unidos.

En definitiva, los Estados del Golfo han utilizado los costosos misiles Patriot para defenderse de las oleadas de drones iraníes, aprendiendo a su costa que lanzar un arma de millones de dólares para derribar otra de unos pocos miles es una operación poco racional, tanto desde el punto de vista económico como desde la protección efectiva de las vidas humanas. Como ya ocurrió en Ucrania – y a diferencia de lo que se difunde mediáticamente a través de un periodismo alineado que busca ocultar o manipular – defenderse cuesta mucho más que atacar.

Esta guerra, pese a las bravatas de Trump, que recurre cada día a un arsenal de mentiras y se contradice con descaro y vulgaridad, ha cambiado para muchos la percepción de Irán. Nada de pobres mulás con turbante, mujeres veladas y pistachos. Existe un ejército de ingenieros, técnicos y oficiales, y una cadena de mando distribuida con alta calidad operativa. Frente al relato habitual de los “liberadores” que exportan democracia con bombarderos, hay un país que desde hace treinta años esperaba ser atacado y que ha tenido tiempo, pese a la falta de recursos, para prepararse y resistir una agresión.

A ello se suma un dato puramente político relativo a la situación regional: vista hoy, ¿realmente conviene esta alianza entre las petromonarquías del Golfo y Estados Unidos? El mensaje enviado por Teherán – que incluso pidió disculpas por haber tenido que atacar bases estadounidenses en varios países del Golfo, algo inevitable si quería golpear las bases desde donde partían los ataques – parece invitar a reflexionar. Sobre todo, en Arabia Saudita, donde la guerra ha hecho saltar por los aires el tablero diplomático construido meticulosamente en los últimos años bajo el signo del multilateralismo.

Ese tablero se había basado, por un lado, en el diálogo con Teherán (reactivado gracias a los esfuerzos diplomáticos de China) y por otro en la apertura hacia Israel: los Acuerdos de Abraham, inversiones en innovación tecnológica, cooperación en defensa durante los ataques iraníes y la gestión de la reconstrucción de Gaza. En el fondo de este equilibrio, Mohammed bin Salman intenta mantener la asociación con Washington en el plano militar y económico, al tiempo que teje relaciones energéticas y tecnológicas cada vez más relevantes con Pekín. Pero ahora la manta se ha vuelto demasiado corta.

Lo que puede parecer un conjunto de relaciones contradictorias es en realidad el núcleo de la estrategia de Bin Salman: mientras impulsa esas aperturas, sigue siendo enemigo religioso y competidor político de Teherán, aliado poco sincero de Washington y observador desconfiado de Tel Aviv. Su objetivo es consolidar el reino como un hub económico, logístico y tecnológico regional, bajo la convicción de que en esa región se puede vivir de turismo, comercio y finanzas. Tal vez ahora haya que revisar las prioridades, y con ellas también las alianzas históricas.

Hoy, alinearse abiertamente con Washington – incluso por necesidad de los sistemas de defensa aérea estadounidenses – significaría acercarse también a Israel. Y esa es una decisión con un costo político y simbólico enorme, quizás insostenible ante opiniones públicas árabes que observan cómo el Estado israelí no se retira de la Franja de Gaza, avanza en la ocupación de Cisjordania y prepara una invasión terrestre en el sur del Líbano. Pensar en reactivar los Acuerdos de Abraham es pura fantasía. Mucho más probable es que, discretamente, Bin Salman trabaje en la perspectiva de sustituir a Irán como proveedor energético de China. Un suministro ya importante y pagado en yuanes, para desgracia del dólar, que corre el riesgo de convertirse en un plan B. Sería el peor efecto boomerang para Estados Unidos, obtenido gracias a las armas del propio Pentágono.

Israel, por su parte, no parece beneficiarse de un aumento de empatía internacional – algo que rara vez ocurre con los genocidas – y trata de aprovechar la coyuntura. Además de intensificar su violencia contra la población civil en Irán y en el Líbano, trata de ampliar al máximo el conflicto, con el objetivo de facilitar la anexión de facto de Cisjordania y colocar a la comunidad internacional ante un hecho consumado.

Nadie tiene hipótesis razonables sobre la duración de esta guerra. Trump amenaza con una invasión terrestre, pero sabe que no es siquiera pensable. Por eso intenta encontrar en la región cualquier grupo – desde los conocidos kurdos hasta los menos conocidos azeríes – dispuesto a morir por el tío Sam, que sin embargo ya no está en condiciones ni siquiera de pagar por la molestia ni de prometer nada debido a su manifiesta insolvencia política.

Nada hace pensar que pueda encontrarse pronto una salida diplomática. Las elecciones de medio mandato en Estados Unidos aún están lejos, mientras que los archivos de Epstein están peligrosamente cerca. La destrucción y la distracción de masas se vuelven así imprescindibles. Irán deberá arreglárselas solo – o con la ayuda de los pocos amigos que tiene – mientras el Derecho Internacional permanece en una larga y silenciosa pausa, efecto del coma irreversible en el que parece encontrarse.